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mujer enroscada en su centro en forma de clave de Sol. Y vi que todos cabalgaban fortissimo, a un compás de cuatro por cuatro, sobre Rocinantes transfigurados en música, que tenían por cola un silencio de corchea, y por patas traseras dos semicorcheas en Mi, y por patas delanteras dos corcheas en Sol-La, y que alzaban en Si sus cabezas blancas, desafiantes. Y junto a ellos vi a otros tantos Sancho Panza, sin armadura, sobre sus jumentos .como buenos escuderos transpositores., soñando con el día en que algo, más que alguien, les tocara, quizá una ínsula que gobernar, o al menos un castillo que regentar en Quintanar de Abajo. Y vi a los don Quijote transformarse en guerreros, en un ejército de múltiples Aquiles. Y los Rocinantes se transformaron en caballos de Troya. Y los Aquiles se transformaron en Belerofontes y sus caballos en Pegasos. Y les vi volar, y luego caer, y seguir cayendo, y en el momento de impactar con el suelo oí un sonido aterrador que me hizo despertar. Y distinguí el ruido de la alarma y el tema musical estrepitoso de la Muerte, el de la quinta sinfonía de Beethoven. La cabeza me seguía dando vueltas. Apenas podía ver. La sensación de mareo me provocaba náuseas. Sentí de nuevo la lluvia de los aspersores del sistema antiincendios cayendo sobre mi cara. Y vi chorrear hilos de sangre y agua por la pared junto a mi cabeza. Y sentí que

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por mi rostro también caía sangre. Y la vi gotear sobre un charco rosado. A rastras llegué hasta la barandilla de la escalera. Intenté incorporarme agarrándome a los verticales barrotes tubulares de aluminio: en ellos vi mi rostro distorsionado, envuelto en sangre. Pero el mareo se acentuó, se me nubló la vista, perdí las fuerzas y quedé tendido en el suelo. Oí ruidos. Abrí los ojos. Creí ver una escalera de mano apoyada sobre la pared, al final del pasillo y, junto a ella, a un hombre en traje gris que me mostraba una especie de sábana amarilla junto a una cámara fotográfica. Intenté de nuevo incorporarme. Estaba casi ya de rodillas, junto al primer escalón, cuando volví a marearme y desfallecí. Caí rodando escaleras abajo hasta el siguiente rellano. Quedé tendido en el suelo boca arriba y sin sentido. Y en mi mente vi a un hombre, a un famoso músico y egiptólogo, dentro de una pequeña pirámide, en mitad de la cámara mortuoria, interpretando .como si de partituras se tratase. los jeroglíficos que llenaban las paredes. Y lo hacía con un instrumento musical que el mismo había inventado sólo para ese fin. Y le oí tocar la sexta sinfonía de Tutankovsky, en Ra mayor, para alma y sarcófono, una obra hechizante, la más brillante y a la vez oscura sinfonía que jamás se hubiera compuesto para ese ingenioso instrumento, que se tocaba desde dentro. Y entonces se hizo un gran silencio, y

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