
.Ponte cómoda. Estás en tu casa. Noté a Marianne algo triste en sus gestos, en su tono de voz. Quizá su padre hubiera empeorado. Aun así, no creí oportuno preguntarle por él: no me pareció el momento adecuado; ya lo haría más tarde. .¿Por qué dices que no has tenido un buen día? .preguntó mientras inspeccionaba el equipo de música. Tras reflexionar un momento concluí que ya no podía ocultarle por más tiempo la verdad. .No te lo vas a creer. Es de locos. He estado esta mañana en Real Armería, para ver la armadura que me comentaste. Al intentar analizarla de cerca tropecé y caí al suelo. Un vigilante dice que me golpeé en la cabeza al caer, y que permanecí unos instantes inconsciente, aunque yo no me veo ningún golpe. Y lo único que recuerdo de ese intervalo de tiempo son un sin fin de visiones imposibles y revelaciones rarísimas, todas en torno a El jardín de las delicias del Bosco. Y lo más extraño es que tengo la absoluta sensación de haberlas vivido, no de haberlas soñado. No sé, no le encuentro explicación posible. .¿Vistes los instrumentos en el espaldar de la armadura? .preguntó. .Sí, sí los vi. Grabados en la espina dorsal. Son los mismos instrumentos que aparecen en el infierno de El jardín de las delicias.

.¿Y no te parece extraño? .Mucho .contesté. Marianne sacó un pequeño paquete de su bolso, se acercó hasta mí y me lo metió en uno de los bolsillos de mi pantalón pirata. .Es un libro, un regalo, otra sorpresa. Y me dio un beso en la mejilla. Y luego caminó hacia el balcón. .Gracias .respondí, sin poder reaccionar, pegado como estaba a la encimera de la cocina, con el tarro de café en una mano y una cucharilla en la otra. Me quedé contemplándola mientras ella salía al balcón. Se apoyó en la barandilla, miró al horizonte, alzó la cabeza al cielo, cerró los ojos y respiró profundamente. Y, entonces, pareció sufrir un desvanecimiento. Y su cuerpo se venció hacia delante. Aterrorizado contemplé cómo Marianne caía sobre la barandilla. Corrí hacia el balcón. Intenté agarrarla. Pero llegué tarde. Mis brazos no alcanzaron su cuerpo. Y la vi caer al vacío, como a cámara lenta. Y vi cómo abría sus ojos y me miraba. Y la vi golpearse contra el toldo del bar, justo debajo, y luego contra la copa de una gigantesca sombrilla, y luego contra una mesa, y luego contra el suelo. LA CAÍDA Y, entonces, reaccioné. Salí disparado hacia la puerta. Pero tropecé con la mesa de la cocina, me