izquierdo se abría como el ojo de un gran 
telescopio, para mirar al más allá, al más allá de 
la realidad evidente, y contemplar el reino de la 
fantasía. El paralelismo que el Bosco estableció 
entre la cabeza del gigantesco elefantito y el 
rostro de este ser de aspecto extraterrestre daba 
mucho que pensar. Ciertamente, el paralelismo 
existía: el pequeño elefante real, pequeño y real 
en comparación con el gigantesco y fantástico 
elefantito, aparecía en la nariz y ante los ojos de 
este último, replicando así la relación entre 
Jesucristo y el ser extraterrestre, pues el pequeño 
Jesucristo real, pequeño y real en comparación 
con el gigantesco y fantástico ser extraterrestre, 
aparecía en la nariz y ante los ojos de este último; 
hasta el ojo estupefacto del gigantesco elefantito, 
el ojo en la base de la fuente, parecía asociarse 
con el ojo totalmente dilatado en el estanque, ojo 
izquierdo del ser extraterrestre. Fantasía hecha 
realidad: he aquí la clave de este asunto; con tan 
fantástico recurso, que no podía serlo más, 
simbolizó el Bosco la Encarnación. Ahora y solo 
ahora se podía entender, en toda su magnitud, la 
infinita profundidad conceptual existente tras el 
gesto de estupefacción del fantástico y gigantesco 
elefantito, al descubrir lo que era, lo que fue y lo 
que sería de mayor. Al nacer, el ojo cerrado (483) 
se abre, y entonces ve. Y al comprender lo que ve,

alcanza la iluminación (484 y 485) 4480. Y es 
entonces cuando el ojo, hasta ahora pasivo, captor 
de imágenes, se transforma en ojo activo (486), 
inagotable fuente creadora de imágenes. ¿Qué 
pensar, pues, de Jesucristo, de ese ser celestial 
que dijo «Mi reino no es de este mundo» 4481? Si el 
paralelismo se daba al completo, y conociendo al 
Bosco seguro que así era, entonces, al igual que la 
cabeza del gigantesco y fantástico elefantito tenía 
ante sí la cabeza de su gigantesco y fantástico 
progenitor, algo similar debiera ocurrir con el 
gigantesco y fantástico rostro del ser 
extraterrestre. Y buscando encontré en el otro 
extremo la chata nariz de una cabeza 
profunda (491), orientada como las otras, con 
melena en la gran arboleda, y ojo abierto en un 
grupo de venados. Y aún vi más fantásticas 
cabezas. El diminuto ojo derecho en la 
madriguera también lo era de una cabeza (492) en 
cuya nariz se arrodillaba Eva y en cuya boca se 
asentaba Adán. Su rizada y larga melena en la 
arboleda remitía a la de Jesucristo, y recordaba 
por su forma a la peluca de un juez 4482, entre el 
padre (491) y el hijo (489). La cabeza se ladeaba 
hacia su izquierda para mirar de reojo al 

4480 Mateo 6, 22 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 

Lucas 11, 33 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 

4481 Juan 18, 36 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 

4482 google wiki
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