paralelos: el Dios creador, el Dios destructor, y 
sus hijos, se yuxtaponían a la Muerte, al Infierno 
y al árbol del conocimiento del bien y del mal, 
que de nuevo surgía de unas cabezas. La 
composición no podía ser más ambiciosa, 
compleja y exacta. La escena sugería relatos 
sorprendentes: los propios seres humanos, como 
el resto de seres vivos, parecían ser frutos del 
árbol; la fuente era símbolo de San Pedro, que 
lloraba al ver en qué se había convertido su 
Iglesia, a la que sostenía sobre su solideo, sobre 
su cabeza resquebrajada, como la tierra seca, 
como una piedra… La figura hueca, en el panel 
derecho, sostenía sobre su cabeza lo que parecía 
una gigantesca hostia, la que se daría a sí misma 
esa Iglesia en el Apocalipsis. 

Todos los elementos en la fuente del revés 
sugerían ojos, narices y bocas que la vista 
.usada con inteligencia. unía para generar la 
impresionante secuencia de cabezas frontales que 
conducía con sus gestos desde el Génesis al 
Apocalipsis. Esta secuencia, resumida, 
comenzaba en una delicada cabeza (264) vegetal, 
ensoñadora, plácidamente dormida, de moflete 
bien alimentado, con ojos y boca sonrientes en 
arco de luna cóncavo, de nariz dórica con punta 
esférica y violácea, y surcos nasolabiales 
asalmonados. La cabeza (264) despertaba de su 
sueño y abría los ojos (265) cuando se descendía 
con la mirada hasta las pequeñas lágrimas de

alegría que brotaban de sus ojos cerrados. Y 
también despertaba de su sueño y abría los 
ojos (266) cuando se ascendía con la mirada hasta 
la flor sobre los arcos de luna. En ambos casos, la 
cabeza miraba de frente, sonriendo abiertamente. 
Pero pronto su sonrisa se mutaba en 
seriedad (267) al constatar el estado del mundo. Y 
entonces volvía a cerrar los ojos (268), ahora 
pétreos, como las bolsas de sus ojos, y regresaba 
al sueño meditativo; pero ya no sonreía: la cabeza 
se había endurecido. Y al volver a abrir los 
ojos (269), ahora de mármol blanco jaspeado de 
azul, esféricos e hinchados de pesar y de lágrimas 
contenidas, entonces, espinas del dolor los 
atravesaban. Y los ojos se transformaban en 
caños de una fuente que lloraba su tristeza y su 
dolor (270). Y era ahora cuando enfurecía, y sus 
ojos (252) se transmutaban en lágrimas de fuego, 
y su expresión mostraba su total desaprobación y 
rechazo a lo que veía ante sí. La sonrisa primera 
también podía combinarse con el resto de cabezas 
llegando a dotarlas de expresión irónica y hasta 
amenazante (271), como en este último caso. En 
cada paso, la secuencia podía rebobinarse al 
fotograma anterior o avanzar al siguiente, a gusto 
del observador, pues era él quien montaba la 
película a su gusto. La necesidad de contar un 
relato había transformado la pintura en cine, en el 
mejor de los cines. Todas las secuencias de la 
película de El jardín de las delicias se
22 -2 -1 -1 +1 +1 +2 2896 2896 2896 22 -2 -1 -1 +1 +1 +2 2897 2897 2897 2897 2897 2889 2897