infierno. En este sentido, en su relación con el 
infierno, la fuente del panel central, y en 
particular su cabeza resquebrajada, parecía 
prefigurar las consecuencias destructivas de un 
mundo basado en el placer efímero y dañino de 
las drogas y del sexo desprovisto de amor: el 
cono en la boca, y el agua que de él ascendía 
sugerían el acto de fumar; y el mismo cono, en la 
nariz de otras cabezas, sugería el acto de esnifar; 
y la gota de ópalo que atravesaba los brazos 
sugería el veneno que un pinchazo introducía en 
la sangre. La mula de la mentira, de las drogas y 
del sexo pasaba factura en el Apocalipsis. 

Todas estas cabezas y muchas más aparecían 
en la fuente del revés. Abajo, las cabezas dormían, 
descansaban en paz; sobre ellas, las cabezas 
despiertas irradiaban ira. Las cabezas de abajo 
parecían simbolizar la Muerte, en su camino 
hacia el Apocalipsis; las de arriba parecían 
simbolizar al Infierno, en ese mismo camino. El 
Bosco volvía así a construir un relato que 
conectaba incluso con el panel del Génesis, con 
las cabezas de la Muerte y del Infierno, con el 
árbol del conocimiento del bien y del mal que 
brotaba de la cabeza (9) de la Muerte, ante la 
atenta mirada de la cabeza (10) del Infierno. En el 
panel central, el cuerpo humano sugerido por la 
fuente, incluida la base esférica que hacía de 
cabeza, también parecía conectar con ese árbol. 
El Bosco conseguiría así yuxtaponer relatos

paralelos: el Dios creador, el Dios destructor, y 
sus hijos, se yuxtaponían a la Muerte, al Infierno 
y al árbol del conocimiento del bien y del mal, 
que de nuevo surgía de unas cabezas. La 
composición no podía ser más ambiciosa, 
compleja y exacta. La escena sugería relatos 
sorprendentes: los propios seres humanos, como 
el resto de seres vivos, parecían ser frutos del 
árbol; la fuente era símbolo de San Pedro, que 
lloraba al ver en qué se había convertido su 
Iglesia, a la que sostenía sobre su solideo, sobre 
su cabeza resquebrajada, como la tierra seca, 
como una piedra… La figura hueca, en el panel 
derecho, sostenía sobre su cabeza lo que parecía 
una gigantesca hostia, la que se daría a sí misma 
esa Iglesia en el Apocalipsis. 

Todos los elementos en la fuente del revés 
sugerían ojos, narices y bocas que la vista 
.usada con inteligencia. unía para generar la 
impresionante secuencia de cabezas frontales que 
conducía con sus gestos desde el Génesis al 
Apocalipsis. Esta secuencia, resumida, 
comenzaba en una delicada cabeza (264) vegetal, 
ensoñadora, plácidamente dormida, de moflete 
bien alimentado, con ojos y boca sonrientes en 
arco de luna cóncavo, de nariz dórica con punta 
esférica y violácea, y surcos nasolabiales 
asalmonados. La cabeza (264) despertaba de su 
sueño y abría los ojos (265) cuando se descendía 
con la mirada hasta las pequeñas lágrimas de
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