
escena, aún más sorprendentes e inverosímiles que las otras, todas de una genialidad impensable en un pintor del siglo XVI, cabezas que de seguro habrían sorprendido incluso a un maestro pintor del siglo XX de la talla e ingenio de Dalí. De este tipo era la cabeza (70) de caballo que se reveló bajo los cráneos del caballo, una cabeza con ojos de campanas y hocico entre laúdes: las demacradas y textiles bolsas de los ojos; los oricios nasales, sutilmente localizados en el espacio entre el hombre, el reptil y el laúd; y la alineada rugosidad de cabezas humanas que daban forma al labio superior del equino, como sirviéndole de alimento, eran la más sublime muestra de fantasía que jamás hubiera visto en un pintor de esta época y aun de nuestros días. La cabeza (70) de caballo no era una mera conjetura ni una sorprendente coincidencia visual: la cabeza (70) de caballo existía de forma irrefutable. Porque irrefutable eran las pruebas que quiso dar el Bosco para que se pudiera confirmar su fantástico simbolismo. Por si la evidencia visual no bastara, el Bosco colgó del ojo del cráneo del caballo a un hombre en una larga vara metálica, para que la imagen se asociara con el hombre que colgaba de la campana, ojo de la cabeza (70) de caballo. Además, el Bosco convirtió en badajos de dos campanas a dos personas 4054 .o a una, 4054 abc larazon

dividida en dos por la mitad., bajo el cráneo de caballo, con el fin de que se asociaran las dos campanas y las dos personas con el laúd, el arpa y las dos personas que en ellos colgaban, que también aparecían bajo la cabeza (70) de caballo. El Bosco llegó en este punto a límites de ingenio insospechados: los cráneos de caballo reales forman parte de una armadura real .verídica y regia, del reino de la Muerte. que protege la cabeza (70) inmaterial y perfecta del caballo que se forma con los reflejos y cuyo cuerpo delimitan y protegen cual armadura los instrumentos y el tablón rectangular en la parte inferior de la escena, tablón que parapeta la parte inferior del pecho de este etéreo y cuasi invisible equino (70). Hasta el alargado trono del gigantesco pájaro apuntaba .por su forma de herradura, en omega apocalíptica. a una pata de caballo, permitiendo así interpretar los cuatro tronos .dos a cada lado. como las cuatro patas del caballo, que se unían a la tela y los tablones para convertirse en alas .de hecho, ya eran alas del murciélago (67).. Había que verlo para creerlo. La traslúcida cabeza (70) del caballo era puro espíritu; llegaba del más allá para hacerse apenas sensible a los ojos e inquietar al alma lo suficiente como para hacerla intuir la existencia de universos que escapan a las percepciones humanas. Jamás había visto algo de este calibre en pintura. Todos los personajes en la escena se