
invisible. Ascendimos tanto como para que mi vista pudiera deducir con total certeza, y en base al perfil de la línea de costa, que estábamos sobre Flandes. Y con la velocidad del rayo descendimos. Y sobrevolamos valles y montañas, ríos y océanos, atravesando Europa hasta España, recorriendo luego la Península Ibérica. Y la cara de Carlos V fue envejeciendo, a la misma endiablada velocidad, hasta convertirse en una enjuta calavera. Y entonces desapareció su armadura, sus vestimentas y hasta su piel y sus músculos, quedando solo a la vista su esqueleto y algunos de sus órganos internos. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras seguíamos sobrevolando el espacio. Y su lanza se transformó en una gigantesca hoz. Y su caballo experimentó transformaciones similares. Y parecía el cuarto jinete del Apocalipsis. Y la metamorfosis continuó. El esquelético personaje fue creciendo y alejándose de mí. Y su columna vertebral y sus costillas se convirtieron en una zanfonía. Y los huesos de su brazo derecho se transformaron en un arpa y un laúd. Y su corazón se convirtió en un tambor. Y sus pulmones, en una bombarda. Y otras partes de su cuerpo se transformaron en otros instrumentos. Y la hoz desapareció de sus manos, que se transformaron en cuchillos. Y su celada se convirtió en una gaita roja. Y del esqueleto de su caballo sólo quedó su cráneo. Y los instrumentos

comenzaron a tocar en sinfonía una versión medieval de la quinta de Beethoven. Y al son de la quinta, el cuerpo empezó a desmembrarse, momento en el que aparecieron caballeros, que se despojaron de sus armaduras y que, totalmente desnudos, reducido misteriosamente su tamaño a tan sólo unos centímetros respecto al tamaño de esta extraña Muerte, se le acercaron y rodearon. Y con ellos llegaron aún más extrañas criaturas. Y el sol se oscureció. Y surgió en el fondo una ciudad destruida por las llamas. Y desapareció el verde de la pradera. Y aparecieron ejércitos acercándose desde la lejanía por los montes. Y frente a mí se creó un lago de hielo. Y sobre él se materializaron dos carabelas, de tamaño proporcional al de los diminutos hombres. Y la humana calavera se asentó sobre las carabelas. Y cuando por fin se detuvieron las transformaciones me di cuenta de que ante mí, a unos treinta metros, había cobrado vida a tamaño gigantesco .los personajes en primer plano aparecían a tamaño natural. la réplica exacta de todo el panel derecho de El jardín de las delicias. Y atónito comprobé que mi vista había adquirido capacidad de zum, tanto para acercarse y ver los detalles más minúsculos, como para alejarse y ver más pequeña la imagen. Y entonces escuché siniestros ruidos de fondo: sonidos de explosiones y llamaradas, de gritos, de temblores de tierra, de desprendimientos, de