el ejército de tercios 3969 .de espadas, ballestas y 
lanzas., las columnas, la escena .dedicada al 
más allá, al plus ultra., los barcos que atracaban 
en el puerto de Tazones 3970 … Todo apuntaba en 
una misma dirección: la figura hueca de El jardín 
de las delicias era un símbolo de… ¿Carlos V? El 
impacto de esta conclusión me hizo perder el 
equilibrio. Caí irremediablemente hacia delante. 
Traté de adelantar una pierna para evitar la 
desgracia anunciada; pero mi pie tropezó con el 
grueso tubo metálico que delimitaba y protegía el 
perímetro de la cabalgadura y perdí aún más el 
penoso equilibrio. Y me estrellé estrepitosamente, 
primero contra el equino, que pareció vencerse 
hacia ese lado, y luego contra el pedestal bajo sus 
cascos, golpeándome la cabeza con la base. El 
impacto debió de oírse en todo el museo. 

3969 wiki 

3970 wiki 

Quedé tumbado en el suelo, algo 
conmocionado, mis manos en mi cabeza, donde el 
golpe, los ojos cerrados por el intenso dolor. 
Cuando al fin abrí los ojos vi frente a mi cara, a 
unos pocos centímetros, la punta de una lanza… 
«No puede ser… La punta de la lanza estaba en la 
parte delantera .pensé.. ¿Pero qué destrozo he 
hecho?». Al alzar la mirada el corazón se me 
encogió: ¡El caballo y su jinete estaban vivos! 
Allí estaba Carlos V, frente a mí, montado en su

corcel, apuntándome con su lanzón. De pronto, el 
caballo relinchó y se alzó sobre sus cuartos 
traseros, manos al aire. Como pude me arrastré 
hacia atrás para evitar ser aplastado. 
Instintivamente miré a mi alrededor, me di la 
vuelta para ver en dónde estaba. Lo que vi no fue 
el interior del museo: la Real Armería había 
desaparecido. No había ni paredes ni techo. No 
había edificio alguno. El sol lucía en el cielo con 
toda su fuerza. El suelo era ahora una inmensa 
pradera verde. Los caballeros que flanqueaban la 
sala también habían cobrado vida, e incluso 
habían crecido en número, y ya no formaban en 
dos filas, sino en un gigantesco círculo del que 
Carlos V era su centro. Los caballos parecían 
inquietos. De repente, Carlos V salió a galope, 
dio una vuelta completa al círculo, ante el resto 
de caballeros, que le saludaron con sus lanzas, y 
luego se acercó muy despacio hasta el centro y se 
paró justo frente a mí. Yo permanecía atónito, 
inmovilizado. Carlos V bajó su lanza, lentamente, 
hasta tocar con ella mi hombro izquierdo. Y al 
instante la alzó con brío. Aún mirando hacia mí, 
retrocedió con el caballo unos metros. Y entonces, 
la punta de la lanza se enrojeció, como el hierro 
candente, y de ella emanaron gotas como de 
sangre, que resbalaron por el metal. Y a esto le 
siguió algo aún más increíble, una metamorfosis 
inverosímil: Carlos V, su caballo y yo, los tres al 
unísono, ascendimos elevados por una fuerza
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