Marianne en el Museo del Prado, insistiendo en 
que viera su espaldar. 

¿Qué podría esconder aquel espaldar para que 
Marianne me hablara de forma tan críptica, cuasi 
profética? «Mira esta armadura por detrás. Te 
llevarás una sorpresa», dijo. El suspense me pudo. 
Después de desayunar, salí hacia la Real Armería 
para intentar resolver el enigma que Marianne 
había dejado latente. 

EN LA REAL ARMERÍA 

Llegué al Palacio Real dando un paseo desde 
casa: vivir en el centro de Madrid tiene sus 
ventajas. La cultura, en todas sus variantes, 
protege, con la solidez de una armadura, e igual 
de estrechamente, el corazón de esta ciudad, 
capital de España. 

Entré en el Palacio Real y visité sin prisas sus 
salones. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto espacio! La 
alfombra más pequeña era más grande que toda 
mi casa. Y qué decir del comedor de Gala: más 
largo que un día sin pan. Y qué de espejos. ¡Y 
qué lámparas! Cuánto lujo. Quién pudiera. Y qué 
despachos, solo superados por los de los políticos 
de ahora. 

Luego me dirigí a la Real Armería, donde 
apenas encontré gente. Prácticamente en soledad 
paseé entre las armaduras del emperador Carlos V, 
algunas ricamente decoradas con escenas bíblicas 
de combates, como el de David contra Goliat, o el

de Sansón contra los Filisteos. Entre ellas 
también vi graciosas armaduras para niños, y 
celadas y borgoñotas que sugerían cabezas de 
aves, de poderosas águilas. Vi incluso armaduras 
para perros, para lebreles, labradas con escenas de 
caza. De entre las armaduras diseñadas para 
Carlos V me llamó la atención la denominada 
«KD», de Karolus Divus, o Divino Carlos. Me 
resultó curioso que «KD» fueran las dos letras 
del alfabeto posteriores a «JC», monograma de 
«Jesus Christus», como si Carlos V estuviera con 
ello cifrando un mensaje con el método Julio 
César: tras Julio César, tras Jesús Cristo, viene 
Carlos V, el Divino. Buen método para motivarse 
en las batallas. 

En los laterales de la enorme sala, a lomos de 
cabalgaduras armadas a juego, los caballeros 
armados alzaban desafiantes sus lanzas. Tras ellos, 
otra fila de caballeros armados a pie les 
guardaban las espaldas. Paseé entre todos ellos no 
sin cierto temor, pues realmente parecía que había 
un guerrero dentro de cada armadura, como si 
estuvieran habitadas por los espíritus de quienes 
en su día las portaron, efecto que potenciaban las 
celadas, bien cerradas, con vista a la batalla. 

Caminé hasta el fondo de la sala, hasta la figura 
de Carlos V con el arnés de Mühlberg, tal y como 
lo inmortalizó Tiziano 3968, con la media pica .o 

3968 El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg (1548; óleo
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