La página web oficial, la de Patrimonio Nacional, 
tan sólo le dedicaba unas líneas: 

 

«La Real Armería está considerada como una de 
las colecciones más importantes de su género. 
Conserva armas y armaduras pertenecientes a 
los reyes de España y a otros miembros de la 
Familia Real, desde el siglo XIII. 

 
Tras un largo periodo de restauración, se 
reabre al público la Real Armería, a partir del 
mes de junio de 2.000, presentando una 
importante selección de armas y armaduras del 
periodo medieval, así como la armería de 
Carlos V y Felipe II». 

 

Encontré algunas reseñas sobre la Real 
Armería en otras páginas web. Todas coincidían a 
la hora de señalar la pieza más famosa de la 
colección: la guarnición A.164-A.187, llamada de 
Mühlberg 3966, que Desiderius Helmschmid forjó 
en 1544 para el emperador Carlos V 3967, y que 
tomó tal nombre de la batalla de Mühlberg, en la 
que Carlos V vistió esa armadura y venció a los 
príncipes protestantes alemanes, allá por 1547. 
Esta era la armadura de la cual me había hablado 

3966 bne:[Mühlberg Amadís] wiki:[batalla de Mühlberg] 

3967 wiki

Marianne en el Museo del Prado, insistiendo en 
que viera su espaldar. 

¿Qué podría esconder aquel espaldar para que 
Marianne me hablara de forma tan críptica, cuasi 
profética? «Mira esta armadura por detrás. Te 
llevarás una sorpresa», dijo. El suspense me pudo. 
Después de desayunar, salí hacia la Real Armería 
para intentar resolver el enigma que Marianne 
había dejado latente. 

EN LA REAL ARMERÍA 

Llegué al Palacio Real dando un paseo desde 
casa: vivir en el centro de Madrid tiene sus 
ventajas. La cultura, en todas sus variantes, 
protege, con la solidez de una armadura, e igual 
de estrechamente, el corazón de esta ciudad, 
capital de España. 

Entré en el Palacio Real y visité sin prisas sus 
salones. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto espacio! La 
alfombra más pequeña era más grande que toda 
mi casa. Y qué decir del comedor de Gala: más 
largo que un día sin pan. Y qué de espejos. ¡Y 
qué lámparas! Cuánto lujo. Quién pudiera. Y qué 
despachos, solo superados por los de los políticos 
de ahora. 

Luego me dirigí a la Real Armería, donde 
apenas encontré gente. Prácticamente en soledad 
paseé entre las armaduras del emperador Carlos V, 
algunas ricamente decoradas con escenas bíblicas 
de combates, como el de David contra Goliat, o el
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