sugerencia de don Quijote, dejó en el camino para 
poder reconocerlo a la vuelta: sería sin duda una 
alusión a las señales que había dejado el Bosco en 
su tríptico para que a la vuelta de los siglos 
pudiera recorrerse el camino de regreso a su 
interpretación original. Y así llegó don Quijote al 
punto de imitar en sus locuras algunas de las 
poses más insólitas que se ven en el panel central 
del tríptico del Bosco, dando con esto Cervantes 
por terminada esta aventura del ingenioso 
caballero. Si algo enseña El Quijote es a no fiarse 
de las apariencias, que las cosas no siempre son 
lo que parecen. Y si esto es así, que lo es, ¿cómo, 
entonces, puede el lector creer a pies juntillas lo 
que lee en El Quijote, y fiarse de la evidencia que 
le dictan sus ojos, y pensar que las claves del 
relato de Cervantes están en lo que percibe 
Sancho y no en lo que imagina don Quijote? 
Cervantes mira al lector con los mismos ojos con 
los que el lector mira a don Quijote. Los dos ven 
en el otro la misma cosa: un loco que vive en su 
locura, que se cree en lo cierto sin estarlo. 
Cuando al fin el loco alcanza la razón, cuando el 
que antes no veía alcanza a ver, su antiguo mundo 
se derrumba. 

Pero aún se podían ensartar más necedades 
para incrementar las ventas. De la lectura del 
primer párrafo del prólogo del Quijote se deduce 
de inmediato el sentimiento de Cervantes que, 
«de tan mal hijo con que da» .parece decir

refiriéndose a su libro, hijo de su 
entendimiento. «tan manco del hijo queda». Y 
bien cierto que así debió de ser, porque ambas 
frases se obtenían de la simple reordenación de 
las letras del nombre del protagonista, «don 
Quijote de la Mancha». Antes de salir al mundo 
en busca de aventuras, ocho días pasó el hidalgo 
pensando el nombre que más le convendría. No 
era para menos. «Por sus nombres los 
conoceréis», parecía insinuar Cervantes. Wolfram 
von Eschenbach afirmó en su Parzival que la 
historia del famoso caballero armado se basaba en 
la traducción que un tal Kyot había realizado de 
un texto árabe que encontró en Toledo. Cervantes, 
que no podía ser menos por obligación literaria, 
ni más versado en libros de caballerías, llegó al 
punto de identificar al mismísimo autor del texto 
árabe de la Historia de don Quijote de la Mancha, 
escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador 
arábigo, texto que Cervantes también encontró en 
Toledo, entre papeles y cartapacios que adquirió 
por medio real, y que un morisco aljamiado .a 
todas luces pariente de Kyot. le tradujo a 
cambio de dos arrobas de pasas y dos fanegas de 
trigo que hubieran hecho las delicias de su 
homólogo en el tríptico del Bosco. Así 
comenzaba la segunda parte del ingenioso 
hidalgo don Quijote de la Mancha, en la que a 
continuación se describía la pintura ilustradora de 
la batalla entre el vizcaíno y don Quijote .que
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