Rfinalr.: Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo 
y escojo para llorar la desventura en que vosotros 
mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde 
el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste 
pequeño arroyo, y mis continos y profundos 
sospiros moverán a la contina las hojas destos 
montaraces árboles, en testimonio y señal de la 
pena que mi asendereado corazón padece». Estas 
palabras no podían describir mejor el sentimiento 
de arrepentimiento y de dolor que sentía el 
Dios (1) del panel central de El jardín de las 
delicias al ver lo que las criaturas por Él creadas 
hacían ante sus ojos, sobre su misma cara. Luego, 
don Quijote dirigía sus palabras a las napeas y 
dríadas, ninfas de los prados y bosques, y a «los 
ligeros y lascivos sátiros, de quien sois, aunque 
en vano, amadas», situación que, a su manera, 
simbolizaría la unión de los hijos de Dios con las 
hijas de los hombres. Purgatorio, infierno, un 
librillo de memorias, el número doce y el cuatro, 
lumbre en los ojos, campanas, y una fecha: la del 
día veintidós. Después, don Quijote seguía 
diciendo: «Por lo menos, quiero, Sancho, y 
porque es menester ansí, quiero, digo, que me 
veas en cueros, y hacer una o dos docenas de 
locuras», a imitación de las que hacen los 
personajes en el panel central de El jardín de las 
delicias, obra que también exhibe a un hombre 
desnudo oteando el horizonte desde los más altos 
riscos. Y qué decir de las señales que Sancho, a

sugerencia de don Quijote, dejó en el camino para 
poder reconocerlo a la vuelta: sería sin duda una 
alusión a las señales que había dejado el Bosco en 
su tríptico para que a la vuelta de los siglos 
pudiera recorrerse el camino de regreso a su 
interpretación original. Y así llegó don Quijote al 
punto de imitar en sus locuras algunas de las 
poses más insólitas que se ven en el panel central 
del tríptico del Bosco, dando con esto Cervantes 
por terminada esta aventura del ingenioso 
caballero. Si algo enseña El Quijote es a no fiarse 
de las apariencias, que las cosas no siempre son 
lo que parecen. Y si esto es así, que lo es, ¿cómo, 
entonces, puede el lector creer a pies juntillas lo 
que lee en El Quijote, y fiarse de la evidencia que 
le dictan sus ojos, y pensar que las claves del 
relato de Cervantes están en lo que percibe 
Sancho y no en lo que imagina don Quijote? 
Cervantes mira al lector con los mismos ojos con 
los que el lector mira a don Quijote. Los dos ven 
en el otro la misma cosa: un loco que vive en su 
locura, que se cree en lo cierto sin estarlo. 
Cuando al fin el loco alcanza la razón, cuando el 
que antes no veía alcanza a ver, su antiguo mundo 
se derrumba. 

Pero aún se podían ensartar más necedades 
para incrementar las ventas. De la lectura del 
primer párrafo del prólogo del Quijote se deduce 
de inmediato el sentimiento de Cervantes que, 
«de tan mal hijo con que da» .parece decir
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