China. Compartir desayunos es compartir 
destinos. 

El avión a reacción continuó su trayectoria 
lineal hacia lo desconocido. Mientras, el sonido 
inconfundible de la trompeta de Miles Davis 
volaba de Madrid al cielo para unírsele en el viaje. 

Intenté recordar el extraño sueño que había 
tenido durante la noche. En el sueño estaba solo, 
en la penumbra. Volaba por un laberinto sin fin 
de pasillos y salas, entre paredes cubiertas de 
cuadros. Al mirar un cuadro todo él se iluminaba 
y sus personajes cobraban vida proyectándose en 
el espacio, deformándose, emitiendo sonidos 
metálicos, señalando una dirección que me sentía 
obligado a tomar. Cada vez que pasaba a una sala, 
una puerta de gruesos barrotes caía 
estrepitosamente, impidiéndome volver atrás. Así 
llegué a una sala enorme, sus paredes cubiertas de 
imágenes en movimiento, como de cine. Y en el 
centro de la sala vi surgir un aura de luz, de la 
cual emergió un cuadro que quedó suspendido en 
el aire. Me acerqué. Era La Gioconda: su ojo 
izquierdo lloraba una lágrima de sangre. Y 
entonces el cuadro se desvaneció y quedó solo la 
lágrima, que comenzó a crecer, dividiéndose 
como lo haría un óvulo fecundado. Y el óvulo dio 
lugar a un feto. Y el feto dio lugar a un niño. Y vi 
que el niño era yo, de niño, y que las imágenes en 
las paredes eran las de mi vida. Y me vi hacerme 
mayor y llegar a viejo. Y me vi morir y

convertirme en polvo. Y vi cómo el polvo se 
reagrupó y dio lugar a un cuadro, La Gioconda. Y 
vi brotar una lágrima de sangre de su ojo 
izquierdo. Y todo volvió a repetirse. Y así ocurrió 
una y otra vez, si bien mi yo ya no era humano, 
pues unas veces era planta, y otras piedra, y otras 
animal, y otras agua, y otras viento. Y aunque 
siempre era algo distinto, seguía sintiendo que era 
yo. Fue un sueño muy extraño. 

Pero los sueños, hoy en día, ya no eran solo 
sueños. Atraídos por la rentabilidad económica, 
los sueños habían traspasado la frontera de lo 
imaginario para adentrarse en el terreno de lo real. 
Y todo porque confundir intencionadamente los 
sueños con la realidad había llegado a ser muy 
rentable en nuestros tiempos. Vivíamos en una 
época en la que mezclar lo divino con lo humano 
generaba grandes beneficios económicos en 
forma de doctrinas religiosas, filosóficas u otro 
tipo de productos comerciales más mundanos. 
Bastaba con afirmar que el tal sueño no era tal, 
sino pura realidad; que todo lo que se decía era 
exacto en sus contenidos y descripciones, tan real 
como la vida misma. Por ejemplo, se podía soñar 
que La Gioconda representaba en un mismo 
cuadro a María Magdalena y a Jesús, mitad con 
mitad, y que oculto bajo los óleos de la pupila de 
su ojo izquierdo se escondía un mensaje secreto 
de Cristo para la humanidad, que sería 
descubierto al mundo en un futuro no muy lejano,
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