percibir rasgos en esa zona que me inducían a 
pensar en su masculinidad. La escritura especular 
me dio una pista de cómo salir de dudas. Bastaba 
con construir una cabeza con esa mitad de la cara, 
reflejando especularmente la zona en cuestión y 
observar luego el resultado. Si percibía rasgos 
masculinos en una parte tan pequeña como un ojo 
también debiera de percibirlos en su imagen 
especular y, por lo tanto, al construir una cara con 
ambos ojos, el resultado debiera de mostrar un 
rostro masculino. No pasaba de ser más que un 
experimento de psicología visual; pero algo tenía 
que hacer para intentar explicar lo que veía. La 
zona de los ojos se me antojaba fundamental para 
el reconocimiento visual del sexo de la persona, 
por lo que no me parecía ilógico que cualquier 
detalle de masculinidad en esa zona, por pequeño 
que fuese, pudiera amplificarse en el cerebro 
hasta el punto de dotar al todo de carácter 
masculino. Intuía que era algo similar a lo que 
ocurriría con un hombre al que se le pintaran los 
ojos o adornaran con largas pestañas, a imitación 
de los de una mujer. 

Utilizando el programa probé primero a rotar la 
imagen para verla desde distintas perspectivas. Y 
luego probé a curvarla. La apariencia cambiaba 
hasta incluso acentuar, en algunos casos, la 
masculinidad del rostro, o su sonrisa, que se 
convertía casi en irónica. Recorrer en perspectiva 
la imagen cóncava, desde la parte superior a la

inferior, permitía contemplar una variopinta gama 
de expresiones: desde el rostro serio de una niña, 
hasta el de un hombre de sonrisa jocosa. Eran 
simples efectos visuales, pero muy reales, efectos 
que había que tener en cuenta a la hora de 
contemplar un cuadro desde una determinada 
posición. De hecho, los efectos eran tan reales 
que, si el soporte de La Gioconda se fuera 
curvando con el tiempo .algo que al parecer 
había ocurrido., esa misma curvatura sería la 
responsable del cambio en la percepción subjetiva 
de la imagen. 

Lo que hice a continuación con el programa fue 
algo equivalente a colocar un espejo plano en 
vertical a la izquierda de La Gioconda, en la 
región del final de su cara. Situé el eje especular a 
la altura del extremo del dedo índice de su mano 
derecha. Repliqué la zona a la izquierda del eje, la 
procesé para obtener su imagen especular y 
coloqué ambas zonas juntas. El resultado fueron 
dos Giocondas, imágenes especulares la una de la 
otra, con sus cabezas y torsos unidos, adoptando 
la forma de un cáliz en el que la base eran los 
pechos y la copa las dos cabezas. La parte 
derecha de la copa estaba formada por una cabeza, 
y la izquierda por la otra. De los cuatro ojos que 
se veían, los dos ojos del centro formaban… ¡Sí! 
¡Un rostro masculino! 

La cara que formaban aquellos dos ojos no 
podía pertenecer a una mujer, sino solo a un
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