que le permitía trasladar el subconsciente a sus 
cuadros. Las relaciones entre objetos, entre 
sujetos, los sentimientos, las ideas, todo lo que 
forma el río creativo del subconsciente no puede 
fluir hacia los cuadros si la presa de la razón 
contiene sus aguas. El método paranoico-crítico 
abre por completo las compuertas de esa presa y 
deja salir por ellas el alma a borbotones, 
convirtiéndola en pintura, en formas que inundan 
los lienzos. Cuando Dalí miró La Gioconda debió 
de verla con estos ojos. 

Quizá fuese esa misma paranoia, tornada en 
tozudez, lo que en definitiva me hubiera hecho 
ver, como yo las veía, obras como el Guernica, o 
El jardín de las delicias, o La Gioconda, o 
El hombre invisible. No eran interpretaciones 
convencionales, sino paranoico-críticas, de 
trayectoria inversa, pues volcaban los cuadros en 
mi subconsciente, misión del intérprete .y no el 
subconsciente en los cuadros, misión del artista.. 

 LA GIOCONDA R MUJER Y HOMBRE 

Miré de nuevo la imagen de La Gioconda . Al 
recordar la afición de Leonardo a la escritura 
especular tuve una idea, un divertimento. Se me 
ocurrió que quizá el hecho de que mi 
subconsciente creyera ver rasgos masculinos en 
una mitad se podía deber a la forma en que 
Leonardo había pintado el ojo izquierdo de La 
Gioconda, que de forma inconsciente me hacía

percibir rasgos en esa zona que me inducían a 
pensar en su masculinidad. La escritura especular 
me dio una pista de cómo salir de dudas. Bastaba 
con construir una cabeza con esa mitad de la cara, 
reflejando especularmente la zona en cuestión y 
observar luego el resultado. Si percibía rasgos 
masculinos en una parte tan pequeña como un ojo 
también debiera de percibirlos en su imagen 
especular y, por lo tanto, al construir una cara con 
ambos ojos, el resultado debiera de mostrar un 
rostro masculino. No pasaba de ser más que un 
experimento de psicología visual; pero algo tenía 
que hacer para intentar explicar lo que veía. La 
zona de los ojos se me antojaba fundamental para 
el reconocimiento visual del sexo de la persona, 
por lo que no me parecía ilógico que cualquier 
detalle de masculinidad en esa zona, por pequeño 
que fuese, pudiera amplificarse en el cerebro 
hasta el punto de dotar al todo de carácter 
masculino. Intuía que era algo similar a lo que 
ocurriría con un hombre al que se le pintaran los 
ojos o adornaran con largas pestañas, a imitación 
de los de una mujer. 

Utilizando el programa probé primero a rotar la 
imagen para verla desde distintas perspectivas. Y 
luego probé a curvarla. La apariencia cambiaba 
hasta incluso acentuar, en algunos casos, la 
masculinidad del rostro, o su sonrisa, que se 
convertía casi en irónica. Recorrer en perspectiva 
la imagen cóncava, desde la parte superior a la
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