mitad y una mujer en la otra? Pensé de nuevo en 
Picasso y en el crucifijo que había utilizado 
Marianne. La línea vertical que dividía el cuadro 
en dos mitades y la línea horizontal que lo dividía 
en otras dos partes a la altura de los párpados 
formaban también una cruz que recorría el cuadro 
de extremo a extremo, cruzándose las dos líneas 
sobre el ojo izquierdo de La Gioconda… sobre el 
ojo izquierdo… Ejecuté en el ordenador un 
programa de procesado de imágenes. Copié en él 
la imagen de La Gioconda y tracé las dos líneas. 
La cruz encajaba perfectamente, bien centrada; 
permitía contemplar al mismo tiempo la actitud 
reflexiva de La Gioconda, con los ojos cerrados 
en la mitad de la izquierda, y la enigmática figura 
masculina en la derecha. La fecundación, la vida, 
el hombre y la mujer juntos… ¿Cómo era posible 
que interpretaciones tan extrañas pudieran tener 
sentido? Y aunque el hombre no era visible, 
parecía intuirlo, tenía que estar ahí… O quizá no. 
Quizá me estuviera volviendo paranoico. La idea 
de un hombre invisible hizo saltar en mi mente, 
como el arco de una ballesta al dispararse, el 
nombre de Dalí y el de uno de sus cuadros: el 
Hombre invisible 3931. Lo había visto en el Reina 
Sofía, en la sala de El gran masturbador. Apenas 

3931 El hombre invisible (1930; óleo sobre lienzo; 
140 cm × 81 cm), de Salvador Dalí i Domènech, Museo Nacional 
Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. 

museoreinasofia:[obra Dalí] salvador-dali wiki

unos pasos separaban ambas obras, que además 
son de la misma época. Lo que había en aquel 
fantástico cuadro surrealista, lo que me 
impresionó sobremanera el día que lo vi, y que 
incluso me llevó a relacionarlo con El gran 
masturbador, parecía estar ahora lanzándome 
mensajes como flechas desde mi inconsciente. 
Ese cuadro, el Hombre invisible, era el único 
responsable de que ahora estuviera viendo en 
La Gioconda todo lo que creía ver. Me conecté al 
Reina Sofía, accedí a la página con el listado de 
las obras de Dalí y busqué ese lienzo. Al 
contemplarlo respiré tranquilo. Mi esquizofrenia 
no era tal. Había una base real que justificaba mis 
pensamientos: era ese cuadro de Dalí el que 
estaba viendo en La Gioconda. 

EL HOMBRE INVISIBLE (1930), DE DALÍ 

El cuadro de Dalí, como La Gioconda, como la 
Venus de Apelles, estaba inconcluso, y aun así 
era una obra maestra. Unas manos en el centro 
simbolizaban los ovarios. Las perlas en sus dedos 
eran ovocitos. Los pliegues eran trompas de 
Falopio. Y el útero, coronado como Santo Grial 
de la vida, sus contornos presagiando el destino, 
albergaba una perla fecundada por la luz de la 
vida. En torno a la vagina, penetrada con la fuerza 
de un león por un órgano tubular, caían los 
fluidos en cascada desde un lago. Era la imagen 
surrealista de la fecundación. Allí estaban los
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