sorprendida sus párpados para mirarme. Repetí la 
secuencia varias veces sólo por contemplar ese 
efecto, tan curioso, tan real. 

Recordé entonces el comentario de Marianne 
acerca de las manos de La Gioconda. Ciertamente 
eran delicadas, hasta la dulzura. Los contornos 
difuminados de los dedos y la muñeca arropaban 
las transiciones de tonalidad y dotaban a las 
formas de volumen. La continua gradación del 
color, plagada de matices, transmitía la suavidad 
de su piel. Al fijarme en los dedos de su mano 
derecha ocurrió algo inexplicable. A mi memoria 
vino la historia de la Venus de Apelles, la imagen 
de Venus sobre su concha, en aquella ruinosa 
pared de Pompeya. Miraba los dedos y veía las 
piernas de Venus, tumbada. Incrédulo, me 
descubrí asociando, primero, cada par de dedos 
con un par de piernas, y después, la concha, 
representación de la vulva, con los pliegues de las 
mangas. Las piernas adoptaban una posición tal 
que el pliegue asociado a ellas parecía sugerir su 
vulva en esa misma posición, y ocurría en ambas 
manos. Apreciaba incluso una secuencia: las 
piernas representadas por el dedo meñique y 
anular cambiaban ligeramente de posición, se 
entreabrían, al pasar al anular y al medio, y lo 
mismo ocurría con el resto de dedos. Al alzar la 
vista al pecho y al cuello de La Gioconda creí ver 
en ellos unos glúteos y una espalda de mujer. 
Recordé por un instante Sueño y mentira de

Franco 3930, de Picasso. De inmediato mi 
pensamiento volvió a La Gioconda. Al fijarme en 
la parte baja de los glúteos, vi que de entre las 
manos se alzaba una pieza de tela tubular que 
salía justo de… y atravesaba… ¡No podía ser! Me 
espantaba lo que creía ver. Y ni siquiera sabía por 
qué lo veía. Los dos estados de La Gioconda, el 
movimiento ascendente y descendente, el camino 
sinuoso a la izquierda, el amplio lago al fondo, el 
río a la derecha con apenas agua, los órganos 
reproductores, la fecundación, la vida, el 
alumbramiento de un nuevo ser humano, la 
conmemoración del nacimiento del segundo hijo 
de Francesco del Giocondo y Lisa Gherardini… 
Mis ojos parecían querer ver en el cuadro la 
historia del propio cuadro. Fijé la vista en otro 
punto, intentando olvidar estas ideas. Me centré 
en la cara. En su lado izquierdo noté algo extraño. 
Tomé de nuevo la hoja que había utilizado 
Marianne y cubrí en vertical la mitad de La 
Gioconda, la mitad de mi izquierda. La mitad que 
quedó a la vista no parecía de mujer… parecía la 
imagen de… ¿un hombre?... ¿un hombre en una 

3930 Sueño y mentira de Franco I (viernes 8 de enero de 1937; 
aguafuerte y aguatinta al azúcar sobre papel; imagen: 31 cm × 42 
cm, soporte: 38,8 cm × 57 cm, serie: Bloch 297), de Pablo Ruiz 
Picasso, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (DE00109), 
Madrid. 

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