tras el portátil. La Gioconda, complacida, parecía 
dejarse coronar como reina de Gozo, o mejor, 
como la reina del Gozo en el país de las artes. Al 
pensar en el crucifijo que había utilizado 
Marianne, me percaté de que Leonardo había 
dibujado unos bordados con forma de cruz sobre 
el vestido de La Gioconda, a la altura del pecho, 
bajo otro bordado de círculos entrelazados. 

Sobre la mesa vi la hoja que había utilizado 
Marianne para tapar la parte superior de la 
imagen. Tomé la hoja e intenté imitarla. El 
resultado no dejaba de sorprenderme: las dos 
Giocondas eran obras perfectamente coherentes. 
Caí entonces en la cuenta de que no era necesario 
utilizar la hoja, que bastaba con desplazar la 
imagen hacia arriba hasta hacer coincidir los 
párpados inferiores con el borde superior de la 
pantalla. Y así quedé liberado de utilizar las 
manos y pude contemplar, más relajado, el rostro 
pensativo de La Gioconda. Se me ocurrió 
entonces que podía replicar la misma imagen en 
otra ventana, pero esta vez bajándola un poco, 
hasta dejar ver también los ojos. Así lo hice. 
Luego, utilizando el teclado, fui alternando las 
dos ventanas. La Gioconda tomó vida: primero, 
me miraba complaciente; después, cerraba sus 
ojos para convertir su cara en espejo de su alma. 
Cuando ascendía, La Gioconda volaba al mundo 
de los sueños. Cuando descendía, regresaba a la 
realidad de este mundo, al presente, y abría

sorprendida sus párpados para mirarme. Repetí la 
secuencia varias veces sólo por contemplar ese 
efecto, tan curioso, tan real. 

Recordé entonces el comentario de Marianne 
acerca de las manos de La Gioconda. Ciertamente 
eran delicadas, hasta la dulzura. Los contornos 
difuminados de los dedos y la muñeca arropaban 
las transiciones de tonalidad y dotaban a las 
formas de volumen. La continua gradación del 
color, plagada de matices, transmitía la suavidad 
de su piel. Al fijarme en los dedos de su mano 
derecha ocurrió algo inexplicable. A mi memoria 
vino la historia de la Venus de Apelles, la imagen 
de Venus sobre su concha, en aquella ruinosa 
pared de Pompeya. Miraba los dedos y veía las 
piernas de Venus, tumbada. Incrédulo, me 
descubrí asociando, primero, cada par de dedos 
con un par de piernas, y después, la concha, 
representación de la vulva, con los pliegues de las 
mangas. Las piernas adoptaban una posición tal 
que el pliegue asociado a ellas parecía sugerir su 
vulva en esa misma posición, y ocurría en ambas 
manos. Apreciaba incluso una secuencia: las 
piernas representadas por el dedo meñique y 
anular cambiaban ligeramente de posición, se 
entreabrían, al pasar al anular y al medio, y lo 
mismo ocurría con el resto de dedos. Al alzar la 
vista al pecho y al cuello de La Gioconda creí ver 
en ellos unos glúteos y una espalda de mujer. 
Recordé por un instante Sueño y mentira de
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