mantuvimos en silencio la mirada, sus ojos 
prendieron en mi alma un fuego helado que me 
quemó el cuerpo. Tras un instante de duda, ese 
mismo fuego dirigió mi mano hacia su mejilla y 
me llevó hacia ella. Y la besé. Indeciso, rocé sus 
labios, los sentí entre los míos, bebí de su aliento, 
oí el silencio de su respiración… Y ansié detener 
el tiempo. Pero entonces sentí su mano sobre mi 
pecho y cómo su cuerpo se distanciaba de mí, tan 
solo unos centímetros. Cuando la miré, la vi aún 
con sus ojos cerrados. Al abrirlos, desvió la 
mirada hacia un lado, se echó el pelo hacia atrás y 
me dijo: 

.Perdona… No puedo… No puedo hacerlo… 

De inmediato fui consciente de mi error 
apocalíptico y un terremoto me sacudió el alma, y 
se oscureció el sol de mis amores, y se enrojeció 
la luna en mis mejillas, y cayeron del cielo 
estrellas afiladas como cuchillos, que me 
atravesaron el alma, y me hundí en el abismo de 
la desesperanza, y el mundo entero se me vino 
encima: su padre ingresado en el hospital, muy 
grave, y yo pensando sólo en ella. 

.Es culpa mía, no debí hacerlo, me he dejado 
llevar .dije disculpándome. 

Marianne miró su reloj de pulsera. 

.Creo que es mejor que me vaya, ya es un 
poco tarde. 

.Lo siento. No pretendía…

.No es culpa tuya .comentó sin dejarme 
acabar la frase.. Ahora debo irme. 

En silencio, tomó el crucifijo, alzó la pantalla 
del portátil y fuimos juntos hasta la puerta. Le 
acerqué el bolso y la chaqueta. Al cruzar el 
umbral se detuvo. Tras un instante de duda se 
giró, cabizbaja. Luego alzó su mirada y me dijo: 

.¿Mañana vas a estar en casa? 

.Sí, claro. 

.¿Tienes algún compromiso? 

.No .y se hizo un silencio eterno. 

.Entonces… si no te importa… quizá te haga 
otra visita. 

.Sí, por favor… Ven a cenar. 

.No puedo prometerte nada. 

.Claro, lo comprendo. 

Y dando un paso hacia delante se acercó y me 
besó la mejilla. 

.Buenas noches .dijo con una sonrisa que 
destilaba tristeza. 

.Buenas noches .le respondí igual de 
desolado. 

Seguí con la vista su caminar hacia la escalera, 
y la observé mientras bajaba, hasta desaparecer. 
Inmóvil, oyendo el eco de sus pasos sobre la 
madera de los escalones, reviví en mi memoria el 
momento en que, por primera vez, se alejó de mí, 
en la biblioteca. 

Cerré la puerta. Al girarme encontré la 
habitación extrañamente vacía, sin vida, aplastada
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