.¡Qué quieres que te diga! Yo solo veo una 
Gioconda, y está bien despierta. 

.¿Tú crees? .comentó en un tono sereno, 
pero de victoria. ¿Me dejas una hoja de papel? 

.Claro. 

Sobre la mesa, tras el portátil, amontonaba 
documentos de trabajo que utilizaba con 
frecuencia. Me incorporé, levanté el pisapapeles y 
tomé una hoja en blanco. 

.Aquí tienes .dije ofreciéndole la hoja. 

.Gracias. 

Marianne tomó el folio y cubrió la parte 
superior de la obra, dejando a la vista desde los 
párpados inferiores hacia abajo. Y entonces me 
preguntó: 

.¿Y ahora qué ves? 

.La Gioconda sin la mitad de la cabeza, ¿no? 
.dije mientras me sentaba. 

.Fíjate bien. 

.Si ya me fijo pero… 

Intenté poner un poco más de atención en 
aquella imagen. ¿Qué podría pretender que viera? 

.¡Espera! .dije de improviso haciéndole un 
gesto con la mano.… ahora lo veo… Touché. 
Tienes razón: parece otra. Déjame verla entera 
.y quitó la hoja, y luego la puso y la volvió a 
quitar varias veces.. Dos Gioconda en un 
mismo cuadro… Es un buen truco. 

.¿Verdad que sí? Mi padre me lo enseñó de 
niña.

.La lástima es no poder taparle solo los 
ojos… En el ordenador tengo un programa con el 
que sí que lo podríamos hacer. 

.No hace falta. 

Y como quien hubiera hecho ese gesto mil 
veces, se quitó la cadena que llevaba en torno a su 
cuello, extrajo el crucifijo dorado, se levantó, 
tumbó la pantalla del portátil hacia atrás, hasta 
dejarla casi horizontal, y con sumo cuidado 
colocó el crucifijo sobre ella. 

.Levántate y mira .me dijo. 

Y así lo hice. Me levanté, me coloqué junto a 
ella y miré hacia la pantalla. Los ojos de 
La Gioconda, cubiertos con el segmento más 
corto de la cruz, parecían ahora cerrados. El otro 
segmento, en vertical, recorría la nariz y cruzaba 
la boca. Parecía como si las manos del 
Crucificado taparan los ojos de La Gioconda, 
mientras los labios de La Gioconda le besaban los 
pies. Contemplamos la imagen en silencio, de pie, 
literalmente pegados. Jamás habíamos estado 
físicamente tan cerca el uno del otro. 

.Con la cruz sobre la cara y los ojos cerrados 
da la impresión de estar rezando .comenté. 

.Y las manos son tan delicadas… 

En ese momento sentí que nuestras manos se 
tocaban, mi izquierda con su derecha. Ella 
también debió de notarlo; porque, de forma 
instintiva, los dos la movimos, giramos la cabeza 
y nos miramos. Durante los segundos que
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