.Ese no es mi llavero. 

.Pues estaba entre tus cosas. 

.¿Estás segura? 

.Claro. En la mesa no había nada cuando nos 
sentamos. Ha aparecido después de que sacaras 
tus libros y papeles. 

.Pues no lo entiendo. 

Le pedí a Marianne que me dejase ver el 
llavero. Era metálico, de un color bronceado que 
le daba apariencia antigua. Una pequeña cadena 
unía el triángulo a una arandela de la que colgaba 
una pequeña llave dorada. El anverso del 
triángulo, la cara del llavero, era precisamente 
una cara, una fantástica cara compuesta de dos 
ojos de Horus inclinados dentro de otro triángulo 
equilátero, más pequeño, que tocaba con sus 
vértices al otro, con quien compartía bisectrices 
(los genes geométricos). El pequeño triángulo 
dejaba a cada lado otro triángulo equilátero de 
igual tamaño. En el centro de cada uno de los tres 
triángulos periféricos había un punto, rodeado por 
un círculo en el triángulo de la derecha, y por un 
óvalo en el triángulo de la izquierda, y por una 
mezcla de ambas formas en el triángulo superior. 
Tal y como comentó Marianne, la figura que 
formaban los dos triángulos recordaba a la que 
sugería El Descendimiento, aunque aquí la figura 
no apuntaba hacia abajo, sino hacia el cielo. Le di 
la vuelta al llavero. En el reverso vi el

inconfundible dibujo de la fuente de Cibeles 3743. 
Luego miré la llave: la cabeza de la llave dorada 
tenía grabado en ambos lados el archiconocido 
logotipo de Correos (la corona sobre la 
cornamusa) y debajo aparecía el número 666. 

3743 wiki 

.No me explico cómo puede haber llegado 
este llavero hasta aquí .le comenté a Marianne. 

.La llave tiene el logotipo de Correos. 

.Y en el llavero aparece la Cibeles. 
Precisamente junto a la Cibeles hay una oficina 
de Correos. 

.Quizá sea de allí. 

.Sí, quizá sea de allí .susurré mientras 
buscaba alguna explicación para aquel llavero y 
aquella llave.. El número podría indicar el 
cajetín de un apartado postal. 

.¿Nos acercamos hasta la oficina y lo 
comprobamos? .dijo Marianne, tan intrigada 
por aquella llave como lo estaba yo. 

Y así lo hicimos. Apenas tardamos unos 
minutos en llegar. Tras entrar en la oficina fuimos 
directos a la zona de los apartados postales. Antes 
de hablar con algún empleado teníamos que 
comprobar que existía un cajetín con el número 
666 y que la llave dorada lo abría. Y, 
efectivamente, el cajetín seiscientos sesenta y seis 
existía: «666» ponía el rótulo pegado a la chapa.
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