

.Ese no es mi llavero. .Pues estaba entre tus cosas. .¿Estás segura? .Claro. En la mesa no había nada cuando nos sentamos. Ha aparecido después de que sacaras tus libros y papeles. .Pues no lo entiendo. Le pedí a Marianne que me dejase ver el llavero. Era metálico, de un color bronceado que le daba apariencia antigua. Una pequeña cadena unía el triángulo a una arandela de la que colgaba una pequeña llave dorada. El anverso del triángulo, la cara del llavero, era precisamente una cara, una fantástica cara compuesta de dos ojos de Horus inclinados dentro de otro triángulo equilátero, más pequeño, que tocaba con sus vértices al otro, con quien compartía bisectrices (los genes geométricos). El pequeño triángulo dejaba a cada lado otro triángulo equilátero de igual tamaño. En el centro de cada uno de los tres triángulos periféricos había un punto, rodeado por un círculo en el triángulo de la derecha, y por un óvalo en el triángulo de la izquierda, y por una mezcla de ambas formas en el triángulo superior. Tal y como comentó Marianne, la figura que formaban los dos triángulos recordaba a la que sugería El Descendimiento, aunque aquí la figura no apuntaba hacia abajo, sino hacia el cielo. Le di la vuelta al llavero. En el reverso vi el