introducir no sólo ideas sino ideales, conceptos 
filosóficos, juicios personales sobre lo que se 
representa o sobre aquello relacionado con lo que 
se representa. Es el nivel más sutil, y por tanto 
menos perceptible. Es el nivel que transmite las 
ideas de una manera más subliminal y subjetiva. 
Es el nivel que dota al pintor de mayor libertad 
para mostrar la complejidad y fuerza de su 
intelecto. A este nivel pertenecen las pequeñas 
ballestas de las tracerías cuando se percibe que 
imitan la forma humana de Cristo, descendido de 
la cruz: la identificación de ambas formas crea un 
nuevo símbolo en la figura de Jesús, un símbolo 
que hace referencia al instrumento con el que 
Dios lanza al mundo su palabra. Y lo mismo 
ocurre con las lágrimas y el tocado de María 
Magdalena, en la perpendicular de los pies de 
Jesús: son un símbolo, una metáfora; evocan un 
acontecimiento pasado, descrito en la Biblia; 
lavan y secan los pies de Jesús. 

»La obra de arte reta al entendimiento de quien 
la observa. La obra puede haberse realizado 
incluso para no ser comprendida jamás, por no 
haber nada que comprender en ella, por ejemplo. 
El deseo de interpretar un cuadro puede llevar al 
espectador a imaginar símbolos que el autor 
nunca imaginó y mucho menos plasmó en su obra, 
o nunca imaginó hasta que los descubrió en su 
obra. Este error es posible, aunque es más difícil 
de darse .y menos grave. que el error de no

percibir un símbolo existente. El porqué reside en 
la dificultad de imaginar símbolos inexistentes: 
hay que justificarlos de forma que a todos 
convenza, misión imposible a menos que el autor 
de la obra haya sido superlativamente explícito, 
tanto como para superar la infranqueable barrera 
de escepticismo que suele impedir que triunfen 
nuevas interpretaciones de una obra, barrera que 
no hace más que acrecentarse con el paso del 
tiempo. Alcanzar ese nivel de lo superlativamente 
explícito en el simbolismo, sin que la obra pierda 
su misterio y caiga en el desencanto de lo 
evidente, está solo al alcance de los más grandes 
maestros. 

»Que un espectador no perciba un símbolo 
existente es mucho más sencillo, tanto más 
cuanto mayor es la sutileza del símbolo. Una 
tercera dimensión de la obra, aquella que la dota 
de su sentido más sublime, se desvanece cuando 
no se logra percibir uno de estos símbolos: la 
proyección intelectual del artista, la parte más 
importante de la obra, aquella que motivó su 
creación, se destruye. Algo así ocurriría si se 
identificaran las ballestas de El Descendimiento 
sólo como un símbolo que hiciera referencia al 
patronazgo, cuando en realidad sugieren un 
símbolo de un contenido mucho más rico y 
trascendente. El error de imaginar un símbolo 
inexistente es difícilmente demostrable; sólo el 
autor de la obra de arte estaría legitimado para
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