permite, por algo será. Sin embargo, la vida nos 
enseña que los paraísos no brotan de los árboles, 
ni manan de las fuentes: los paraísos, en este 
mundo, hay que construirlos, y hacerlos cuesta 
trabajo. En cuanto a la vida eterna .en cuanto a 
su proyección en este mundo., la lógica 
dictamina que no se trata de vivir más, sino de 
vivir mejor, siempre que esto no suponga irradiar 
más sufrimiento. La naturaleza, siempre sabia, no 
nos brinda paraísos ni nos da la vida eterna. No 
nos brinda paraísos porque desconoce nuestros 
gustos, porque la vida es plural y cambiante. Por 
eso, lo que sí que nos permite es la construcción 
de paraísos, dentro de las limitaciones de este 
mundo. Aplíquese esta solución allá donde sea 
factible. Aplíquese para todos. Y si la naturaleza 
no nos da la vida eterna es porque prefiere el 
eterno reciclaje, y tiene lógica que así sea: que se 
lo digan a los ayuntamientos. Aplíquese esta 
solución allá donde sea factible. Ante la 
imposibilidad natural de determinar qué es lo 
bueno y qué es lo malo .pues el bien y el mal 
son relativos a cada individuo., la naturaleza 
opta por no perpetuar la existencia de los seres a 
los que da la vida. ¿Hace mal? Todo lo contrario. 
De crear individuos eternos en este mundo se 
arriesgaría a perpetuar el mal, y con ello condenar 
al individuo a sufrimientos sin fin. 

La solución de la naturaleza a la existencia es 
fascinante, por perfecta: por una parte, no permite

que el individuo viva eternamente, librándole de 
sufrimientos eternos; por otra, le permite ser 
consciente de que la materia y la energía que le 
componen pasarán .tras su muerte, e incluso a 
lo largo de su vida. a formar parte del universo 
del cual forma parte y al cual observa. De esta 
manera, el individuo comprende que, si ve 
sufrimiento en el mundo, ha de intentar 
minimizarlo: el tiempo apunta al paraíso. 

Es así como el individuo comprende no sólo la 
necesidad de no hacer daño al resto de individuos, 
sino incluso la necesidad de dedicar la vida a 
minimizar el sufrimiento que percibe. La solución 
es perfecta, porque convierte la naturaleza egoísta 
del ser vivo en naturaleza altruista. El yin se 
funde con el yang: Tao de la existencia. Los seres 
pueden alcanzar, si se lo proponen, este grado de 
conciencia, que les permite asimilar e integrar 
estas ideas en sus vidas, y vivir con este objetivo 
en mente, e ir perfeccionando en este mundo el 
paraíso, ese lugar en el que reciclarse será una 
experiencia tan gratificante como la vida misma, 
pues permitirá vivir el universo desde 
perspectivas inimaginables. Lo avanzado de una 
civilización debiera de medirse por este grado de 
conciencia. Son estas ideas de bondad y de 
paraíso las que el ser humano percibe de manera 
intuitiva y proyecta en los dioses y en los paraísos 
mitológicos. Y es natural que así se haga. Sin 
embargo, para no llegar a conclusiones erróneas,
19 -2 -1 -1 +1 +1 +2 19 -2 -1 -1 +1 +1 +2