Estudio para el caballo I se componía de un 
caballo en su rayada pradera y un diminuto 
monigote a sus pies. El caballo aparecía de pie, de 
perfil, orientado hacia la izquierda. Su cuerpo era 
un simple óvalo. Las dos patas delanteras estaban 
dibujadas de la forma más simple que se podía 
imaginar, rectas y juntas, como dos palos. Las 
patas del costado izquierdo dejaban ver el cuerpo 
tras ellas: así de transparentes son los niños. El 
cuerpo, sin embargo, era opaco respecto de las 
patas del costado derecho. Las pezuñas se 
sugerían con pequeños y más densos garabatos 
circulares. El suelo parecía dibujado de un único 
y rápido trazo que iba y venía cual disco rayado, 
de un lado a otro del papel, tal y como lo 
dibujaría un niño. El rabo era corto y muy simple, 
a modo de plumero, trazado de manera similar. El 
cuello, la crin y la cabeza no desentonaban con el 
resto del dibujo. 

Los libros que comentaban los «bocetos» 
parecían mirar para otro lado al llegar a este 
dibujo. Ni siquiera lo mencionaban: directamente 
se lo saltaban. Algún libro había que reparaba en 
él para decir lo obvio, a saber, que parecía más 
propio de un niño. 

Al caballo en su rayada pradera le acompañaba 
un pequeño monigote situado en la esquina 
inferior derecha e igual de simple que el usado en 
las inocentadas del 28 de diciembre. Si ya eran 
pocos los libros que se atrevían a comentar esta

obra, ninguno encontré que mencionara al 
monigote: tanto parecían despreciarle que no 
aparecía ni siquiera en el catálogo de Zervos. Sin 
embargo, era en este dibujo tan infantil, a todas 
luces el primero en ser descartado por quienes 
abordan el análisis del Guernica, donde parecía 
residir una de las claves para la interpretación del 
mural; porque las piernas del monigote adoptaban 
precisamente la pose de las piernas de José de 
Arimatea después de depositar a Jesús en el suelo. 
Picasso parecía con esto sugerir que el caballo, 
que más tarde echaría su rodilla derecha a tierra 
en el Guernica, también representaba a una 
persona e incluso a una persona en esa pose. 
Hasta las ballestas con forma humana, las de El 
Descendimiento, de Roger van der Weyden, 
parecían proyectarse en este monigote, que por 
algo extendía sus brazos cual Cristo crucificado 
.he aquí la inocentada.. Así parecía reivindicar 
Picasso la importancia de todos y cada uno de sus 
trazos: cada detalle, cada pelo, cada punto está 
contando la historia. Como el niño que llora 
porque solicita la atención y el cariño de sus 
padres, así clamaba al espectador Estudio para el 
caballo I. Despreciar a este caballo, que nacía a la 
luz del candil del Guernica, era despreciar 
nuestros orígenes, sentir vergüenza de nuestros 
antepasados, ignorar nuestra eterna imperfección; 
era destruir la semilla de la que brotó el arte, de la 
que surgió la vida. Sólo el dios de la pintura
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