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desnudo, de pie junto a Él, junto a una fuente situada a la izquierda. Jesús unía las manos de Adán y Eva en un gesto imitado por el sacerdote, simbolizando así la unión en matrimonio. Imposible no pensar en el panel izquierdo de El jardín de las delicias. La similitud entre las dos escenas resultaba sorprendente, invitando de nuevo a conjeturar si no estaría también el Bosco, con tal iconografía, aludiendo al matrimonio, a la unión entre dos seres, aunque quizá no a la unión de un hombre y una mujer cualquieras, puesto que Adán era relegado deliberadamente de la escena, sentándole el Bosco en el suelo, sino a la unión de los hijos de Dios con las hijas de los hombres, apuntando además como asunto al celibato. Acabé de pasar las páginas del Arte de bien vivir y llegué al segundo de los tratados, el Ars Moriendi. El Ars Moriendi comenzaba citando «al filósofo» del «tercer libro de las Éticas», Aristóteles, y lo hacía para recordar cuál es el más temible de todos los males, la muerte, «porque es el final y, después de ella, para el muerto ya nada bueno ni malo hay», quedándose así Aristóteles en el panel central de El jardín de las delicias, en el mundo de los sentidos, como Platón se quedó en el Génesis, en el mundo de las ideas, camino ambos del apocalipsis de la filosofía, gigantesco patrón sobre sus naves, tal y

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como lo pintó Platón 2655. Tras citar a San Agustín y a San Bernardo para puntualizar que aún peor 2655 «.[…] Escuchad pues la alegoría de que voy a valerme, para que conozcáis mejor que nunca cuán malísimo pintor soy. El trato que se da a los sabios en las repúblicas donde ellos viven, es tan extraño y duro que nadie experimentó jamás cosa que se le parezca; de suerte que me veo precisado a formar de muchas piezas, que no tienen entre sí ninguna conexión, el cuadro que debe servir para justificarles, imitando a los pintores cuando nos representan los tragelafos u otras mezclas monstruosas. Figuraos pues al piloto o comandante de una o de muchas naves, tal como voy a pintároslo, más grande y más robusto que todos los demás de la tripulación, pero algo sordo y corto de vista, y poco versado en el arte de navegar. Alborótanse los marineros disputándose unos a otros el derecho de gobierno, contemplándose cada cual digno de ser piloto, sin tener ningún conocimiento de este arte, y sin poder señalar bajo de qué maestro, ni en qué tiempo le aprendió. Se adelanta su extravagancia hasta decir, que esta no es ciencia que pueda aprenderse, hallándose prontos a quitar la vida a cualquiera que se atreviese a sostener lo contrario. Imagináoslos enseguida alrededor del piloto, sitiándole, suplicándole, apremiándole que les entregue el timón. En cuyo caso si no son ellos los que le persuaden, sino otros, los excluidos en la elección matan o arrojan al mar a los que fueron preferidos. Tras lo cual embriagando al generoso timonero, o entorpeciéndole con hacerle beber la adormidera o algún otro licor, se apoderan del navío, se echan sobre las provisiones, comen y beben opíparamente, dexando ir la nave a merced de los vientos, que es lo que esperarse puede de semejantes hombres. Por lo demás, ellos miran como hombre entendido, como hábil marinero y muy instruido en manejar el gobernalle, a cualquiera que o con la persuasión, o con la fuerza pudo obligar al piloto a descargarse sobre ellos del mando del navío, y al que no sabe lisonjear en esto sus deseos le desprecian como inútil. Pero ni les pasa siquiera por el pensamiento el saber lo que es un verdadero piloto, y que para serlo es necesario tener un conocimiento perfecto de los tiempos, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo lo que pertence a este arte, si es que en realidad ha de ser

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