derecha. La visión duró sólo un instante; porque 
enseguida los dos grupos se cerraron bruscamente 
sobre el Guernica, cual paneles de un tríptico, 
dejando ver tras ellos las dos obras de Sueño y 
mentira de Franco, produciendo una implosión 
de luz que tiró de mí hacia delante y me hizo caer 
al suelo, y hasta me obligó a protegerme los ojos 
con las manos, pues sentí como si fuesen a salirse 
de sus órbitas. Fue entonces cuando oí a una voz 
decir: «Se encuentra usted bien». Al abrir los ojos 
vi que una persona me ayudaba a levantarme del 
suelo. «Se encuentra usted bien», volvió a 
decirme. Era la vigilante. «Debe usted de haber 
sufrido un mareo», dijo otro vigilante que estaba 
a su lado, «ya hemos tenido que atender a tres 
personas esta tarde. Hace un calor insoportable». 
Me incorporé un tanto desconcertado. La sala 
estaba abarrotada de gente. Les di las gracias a 
los dos vigilantes y me fui directo al lavabo, a 
hundir de nuevo la cabeza debajo del grifo. Salí 
del museo aún confuso, sin saber qué pensar. Y 
así llegué a casa.

 

CUARTA JORNADA 

Cuando al día siguiente desperté y quise 
recordar los sucesos de la tarde anterior me 
resultó imposible determinar si las extrañas 
visiones que creía haber tenido en el interior de 
los dos museos habían realmente ocurrido. Por 
más que lo intenté, me fue fisiológicamente 
imposible convencerme de que las supuestas 
visiones habían sido reales, y no pude sino 
atribuirlas a algún extraño sueño que debí de 
haber sufrido durante la noche. Quizá la 
naturaleza humana tuviera esta forma de 
protección mental para casos extremos. Sea como 
fuere, lo cierto es que este visceral e irrefutable 
convencimiento de que todo había sido fruto de 
un mal sueño me hizo renacer lleno de gozo, 
infinitamente aliviado, como se renace de una 
pesadilla al despertar. Con el espíritu renovado, 
libre de toda carga, me levanté de un salto de la 
cama y me preparé para una nueva jornada de 
investigación.
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