«¡Imposible! ¡No puede ser!», repetía 
mentalmente mientras caminaba casi ido entre los 
cuadros. Las salas estaban desiertas de gente. 
Frente al Guernica encontré a la misma vigilante 
que por la mañana me había indicado el camino a 
la biblioteca. Le pregunté si habían cambiado de 
sitio alguna obra. Me respondió que no. Noté 
entonces un temblor bajo mis pies que me heló el 
alma, pues trajo a mi memoria la fantasmagórica 
visión que había sufrido en el Prado hacía tan 
sólo unos minutos. No me dio tiempo a más: con 
un sonido atronador, se oscureció el Guernica 
para luego explosionar en una esfera de luz 
blanquecina y cegadora, que me lanzó varios 
metros hacia atrás. Cuando alcé la vista no vi más 
que esa luz a mi alrededor. Flotando en ella 
aparecieron el resto de obras del Legado Picasso 
de 1981, que giraban respecto de sus centros. Y 
de los centros se abrieron como pétalos sus 
reflejos. Las obras, convertidas en extrañas flores, 
siguieron girando, moviéndose caóticamente en el 
espacio, hasta detenerse frente a mí, formando 
una superficie rectangular. Tras un instante, un 
enorme haz de luz negra golpeó el rectángulo y 
las obras salieron despedidas, como añicos de un 
cristal al romperse, dejando ver tras de sí, sobre la 
superficie rectangular, la nítida imagen del 
Guernica. Las cuarenta y cinco obras anteriores 
al Guernica se agruparon a la izquierda del 
Guernica, y las quince posteriores lo hicieron a la
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