clavaba la espada, se había acercado 
tranquilamente hasta el grupo del cerdo con toca 
de monja, que ahora no paraba de reír por algo 
que le contaba el escribiente. Detrás de ellos, otro 
personaje, el que en el tríptico era devorado por 
los perros, se había incorporado y daba de comer 
chucherías a los animales, que se lo agradecían 
con profusos lametazos sin dejar de menear el 
rabo de contento. A su lado, el conejo había 
liberado al hombre colgado cabeza abajo, al que 
ahora ayudaba en vano a ponerse en pie, pues el 
pobre no hacía más que caerse una y otra vez del 
mareo tan grande que tenía por haberse pasado 
tanto tiempo en aquella insólita postura. Hasta la 
gigantesca figura hueca se había dado la vuelta y 
hablaba amistosamente con el hombre que 
colgaba de la llave en el tríptico, hombre que 
ahora aparecía relajado y cómodamente sentado 
sobre los dientes de la misma llave. Y qué decir 
del canguro y la mujer junto al pozo: ahora 
bailaban desenfrenadamente todo tipo de ritmos 
latinos .y hasta sevillanas., al son de la música 
que interpretaban los músicos, mientras el resto 
les acompañaban con palmas. Hasta el enorme 
pájaro se había puesto de pie y zapateaba con los 
cántaros sobre su trono, cabeza gacha, ojos 
apretadamente cerrados, brazos en alto, 
emparejado con el hombre que en el tríptico 
aparecía en su pico. Incluso los personajes sobre

la plataforma circular se habían sumado al sarao. 
Había que verlo para creerlo. 

Fue entonces cuando progresivamente apareció 
un intenso resplandor y todos huyeron 
horrorizados a esconderse. La potente luz 
provenía de algún lugar a mis espaldas. Tras 
girarme vi que la luz llegaba de la Mesa de los 
pecados capitales, que flotaba vertical en el aire 
mostrando la imagen romboide e imposible del 
Juicio Final. El resplandor provenía de una esfera 
luminosa situada a la derecha, a un metro por 
encima del marco. A esa misa altura, en el 
extremo opuesto, había una esfera negra: no sólo 
no emitía luz, sino que además creaba un cono de 
sombra hacia la izquierda al interponerse en el 
camino de la luz que emitía la esfera luminosa. 
De pronto, el Juicio Final comenzó a girar 
lentamente sobre su eje vertical central y las dos 
esferas le siguieron en el movimiento, girando en 
torno al mismo eje y a la misma velocidad. 
Cuando la obra hubo rotado noventa grados hasta 
quedar de perfil frente a mis ojos, la esfera opaca 
llegó a eclipsar por un instante la luz procedente 
de la esfera luminosa y el cono de oscuridad me 
cubrió por completo. Al hacerse de nuevo la luz y 
proseguir girando la obra, vi la imagen especular 
del mismo cuadro, como si la imagen frontal 
pudiera verse desde atrás, como si no hubiera 
parte posterior, o fuera transparente. La velocidad 
de giro fue incrementándose y comencé a sentir
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