
caer mojaba a los presentes, para deleite de todos ellos. Y la cabalgata circular circulaba en torno al estanque central. Todos los personajes actuaban con total naturalidad. Yo los veía a todos porque estaba sentado frente a ellos, a cierta distancia, sobre una loma cubierta de hierba verde, bajo la copa de un gigantesco árbol. Al mirar hacia mi izquierda la sorpresa fue mayúscula; porque vi la misma escena del panel izquierdo de El jardín de las delicias, la misma fuente, los mismos animales, las mismas figuras humanas, el mismo paisaje, fundido de forma natural con el paisaje que tenía frente a mí. El personaje que hacía de Adán se había levantado y charlaba con Eva mientras el que hacía de Jesús desentumecía sus brazos nadando entorno a la fuente 2523. No podía creer lo que veía. Giré la cabeza hacia mi derecha y volví a quedar estupefacto: vi la misma escena del panel derecho de El jardín de las delicias. Las ranas se habían reunido delante del tablón rectangular, junto a la jarra en el suelo. Hasta allí habían llegado acompañando con sus saltos los botes que daba el huevo de goma que el hombre en lo alto de la zanfonía había lanzado desde allí. Tras ellas, la rata antropomorfa apoyaba la espada sobre su hombro mientras bebía de la jarra que la mujer junto a la mesa le había ofrecido. Su víctima en el tríptico, el hombre desnudo al cual 2523 canarias7

clavaba la espada, se había acercado tranquilamente hasta el grupo del cerdo con toca de monja, que ahora no paraba de reír por algo que le contaba el escribiente. Detrás de ellos, otro personaje, el que en el tríptico era devorado por los perros, se había incorporado y daba de comer chucherías a los animales, que se lo agradecían con profusos lametazos sin dejar de menear el rabo de contento. A su lado, el conejo había liberado al hombre colgado cabeza abajo, al que ahora ayudaba en vano a ponerse en pie, pues el pobre no hacía más que caerse una y otra vez del mareo tan grande que tenía por haberse pasado tanto tiempo en aquella insólita postura. Hasta la gigantesca figura hueca se había dado la vuelta y hablaba amistosamente con el hombre que colgaba de la llave en el tríptico, hombre que ahora aparecía relajado y cómodamente sentado sobre los dientes de la misma llave. Y qué decir del canguro y la mujer junto al pozo: ahora bailaban desenfrenadamente todo tipo de ritmos latinos .y hasta sevillanas., al son de la música que interpretaban los músicos, mientras el resto les acompañaban con palmas. Hasta el enorme pájaro se había puesto de pie y zapateaba con los cántaros sobre su trono, cabeza gacha, ojos apretadamente cerrados, brazos en alto, emparejado con el hombre que en el tríptico aparecía en su pico. Incluso los personajes sobre