místico: ha soñado con su amor; pero ahora teme 
recordarlo, pues sabe que la realidad no tardará en 
desvanecerlo. Hans Sachs le invita en privado a 
que se lo cante como si fuese un maestro cantor. 
La pasión lleva al joven a componer sobre la 
marcha una obra brillante. Y he aquí lo más 
curioso: el canto al amor de Walther parece 
describir que ni pintado el paraíso de El jardín de 
las delicias. De hecho, esta precisa escena había 
sido la responsable de que, en mi repaso mental a 
las óperas de Wagner, me hubiera venido a la 
memoria Los Maestros Cantores de Núremberg. 

Pero lo más asombroso estaba aún por llegar. 
Mientras Walther improvisa su paradisíaco canto 
al amor, Hans Sachs lo anota esquemáticamente 
en un papel que acaba en manos del perverso 
Beckmesser, quien con mala fe se apropia de letra 
para interpretarla como suya en el concurso, 
haciéndolo entonces tan mal, por no lograr 
desentrañar el sentido de lo escrito y mucho 
menos acompañarlo con una melodía apropiada, 
que el resultado, por increíble que pudiera parecer, 
más se acerca a una irónica descripción del 
infierno del panel derecho de El jardín de las 
delicias. Los misterios del arte, una vez más, 
hacían que paraíso e infierno caminaran de la 
mano, ahora de la música, vía Walther y 
Beckmesser. Las óperas de Wagner son como 
diamantes, poliédricas en su interpretación, como 
la obra del Bosco.

Pero no acababa aquí la ópera. Tras descubrirse 
el engaño, Walther es invitado a cantar su canción, 
sorprendiendo a los presentes con la belleza 
poética y melódica de su canto, ganándose así el 
respeto de todos, el triunfo en el concurso y la 
entrada en el gremio de maestros cantores, que 
distingue a Walther con un collar de tres 
medallones «adornado con la pintura del rey 
David», tal y como canta Pogner al ir a imponer 
el collar a Walther. Walther lo rechaza sin 
miramientos, por no sentirlo necesario. El 
desconcierto se adueña de todos, que miran a 
Hans Sachs esperando alguna explicación. Hans 
Sachs, el gran maestro, toma entonces la mano de 
Walther, quizá en un gesto similar al que Dios 
Hijo tiene con Eva en El jardín de las delicias, y 
le dice: «No menosprecies a los maestros: honra 
su arte. Si el pueblo alemán y su reino cayeran un 
día bajo un falso control extranjero, pronto 
ningún príncipe entendería a su gente». 

No se podía decir que El jardín de las delicias 
fuera una de esas gentes bajo el falso control 
extranjero. Un obra de arte, si bien a la fuerza ha 
de residir en un país, es patrimonio de la 
humanidad, y como tal ha de cuidarse allí donde 
reside, para que el mundo pueda disfrutar de lo 
que representa, que no por ser el arte o el artista 
originario de una región ha de ser mejor 
entendido por sus paisanos, dice el «nadie es 
profeta en su tierra». La aparente apología
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