Evalac tiene el sueño, José, que tampoco puede 
conciliar el suyo, reza a Dios y le pide que ayude 
a Evalac a entender los misterios divinos. Dios 
escucha la plegaria y habla a José. Le dice que a 
la mañana siguiente él y su gente han de rezar 
ante el arca; porque entonces se producirán 
sucesos jamás vistos. A la mañana siguiente, 
mientras todos rezan ante el arca, suceden 
grandes temblores y relámpagos y se escucha la 
voz del Creador, que le ordena a José abrir el arca. 
Lo que José ve al abrir el arca es, por así decirlo, 
la iconografía tradicional asociada a la misa de 
San Gregorio, al Varón de dolores rodeado de los 
Arma Christi. José ve al Salvador rodeado por 
cinco ángeles que portan los símbolos de la 
Pasión, como la cruz, roja como la sangre, o los 
tres clavos sangrantes, o la lanza, con el hierro 
también ensangrentado. Luego ve a Jesús 
crucificado, y cómo la lanza se le clava en el 
costado, y cómo fluye la sangre hasta el 
recipiente. El cuerpo de Cristo parece 
desprenderse de la cruz y caer inerte hacia delante. 
José se abalanza sobre el arca para evitarlo; pero 
los ángeles le detienen. La escena me dejó 
estupefacto. Me recordó a mí mismo veinticuatro 
horas atrás, ante El Descendimiento, de Roger 
van der Weyden, una obra en la que daba la 
impresión de que Cristo se caía hacia adelante, 
algo que sin duda ocurriría de no ser porque allí 
estaba José de Arimatea para evitarlo.

José también ve un altar en el arca, y en su 
centro un «moult tres bel uaissel dor & riche en 
samblance dun hanap a pie», es decir, un 
precioso recipiente de oro y con forma de copa. 
Esta puntualización morfológica y la matización 
funcional que aparecerá después, permitían 
identificar esta copa con el cáliz de la eucaristía. 
Junto a este cáliz, y también sobre el altar, está el 
recipiente .«escuele». para el cual se había 
construido el arca. Los dos objetos .la copa y el 
recipiente., distintos en forma y en función, 
aparecen sobre el altar, junto a los clavos y a la 
punta de la lanza. Después de que los ángeles 
muestren otros elementos, como velas o una 
espada con la hoja sangrante, se aparece de nuevo 
Jesucristo como se apareció a José tras la 
Resurrección. José es consagrado como obispo y 
Jesús le ordena que comience la celebración del 
sacramento de Su cuerpo y de Su sangre, el 
sacramento de la eucaristía. Cuando José 
pronuncia las palabras que Jesús dirigió a sus 
discípulos en la Última Cena, el vino que está en 
el cáliz se convierte en sangre de Cristo, y el pan 
sobre la patena se convierte en cuerpo de Cristo: 
«tels paroles dist iosephes sor le pain quil troua 
sor le platine de le calice . si deuint tantost li 
pains chars & li uins sans». Cuanto más leía esta 
historia, más pensaba en la misa de San Gregorio 
y en El jardín de las delicias.
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