quier celer, / Qui à droit le vourra nommer, / Par 
droit Graal l'apelera / Car nus le Graal ne verra, 
/ Ce croi-je, qu'il ne li agrée: / A touz ceus pleist 
de la contrée, / A touz agrée et abelist […]r». 
Sorprendentemente, desde el comienzo de la obra 
y hasta la frase «Par droit Graal l'apelera» el 
término «Graal» sólo aparece en una ocasión, la 
ya mencionada, la referente al secreto o misterio 
del Grial. Sin embargo, hasta llegar a esa misma 
frase, Robert de Boron ya ha utilizado el término 
«vessel» en más de veinte ocasiones. 

 También resulta curiosa la forma en que se 
resuelve la escena de la prisión entre Jesús y José 
de Arimatea. A diferencia del Evangelio de 
Nicodemo, Jesús desaparece dejando a José en su 
celda .«Ore, Joseph, je m'en irei. / De ci mie ne 
t'emmenrei, / Car ce ne seroit pas reison; / Ainz 
demourras en la prison».. José permanece 
encerrado «por un largo tiempo», olvidado por 
los hombres, hasta que, gracias a la intervención 
de un joven peregrino, José es rescatado de la 
mazmorra. ¿De qué se alimentó José durante ese 
tiempo? Imposible saberlo, el autor no daba 
ninguna pista. 

 La historia continúa con el relato de los hechos 
que condujeron al rescate de José. El relato 
comienza con el resumen de la vida del peregrino 
que, tras ser testigo de los milagros, de la condena 
y de la muerte de Jesús, recorrió muchas tierras 
hasta llegar un día a Roma, en una época en que

Vespasiano, hijo del emperador, estaba enfermo 
de lepra. El peregrino se hospeda en casa de un 
hombre rico. Al conocer la historia de Jesús y de 
sus milagrosas curaciones, el hombre piensa en 
Vespasiano y decide llevar al peregrino ante el 
emperador, para que le cuente la misma historia 
que le ha contado a él. Así es como el peregrino 
acaba informando de estos asuntos al emperador, 
a quien también le dice que quizá alguna reliquia 
de Jesús podría sanar a Vespasiano. El emperador 
manda mensajeros a Judea con la misión de 
investigar la veracidad de la historia y de 
encontrar alguna reliquia, si es que la historia 
resulta ser cierta. Los mensajeros se encuentran 
con Pilato en Arimatea, donde constatan, con 
multitud de testimonios de todas las partes 
implicadas, que la historia del peregrino es cierta 
y que Pilato es inocente de la muerte de Jesús. 
Los mensajeros también logran dar con una mujer, 
llamada Verónica, que venera un lienzo con la 
imagen del rostro de Jesús, el mismo lienzo con 
el que ella misma le limpió el sudor a Jesús 
camino del Calvario. Los mensajeros, 
impresionados por la reliquia, invitan a la mujer a 
que les acompañe a Roma. Verónica acepta. El 
emperador queda admirado al ver el rostro en el 
lienzo. Enseguida lleva el lienzo hasta su hijo, 
que al verlo queda curado por completo. 
Vespasiano reconoce como único rey al hombre 
cuyo rostro muestra el lienzo. Para vengar la
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