
me has abandonado?…» 2466,2467. Se hace el silencio. Jesús dice: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» 2468,2469, y, habiendo dicho esto, muere. Un centurión informa a Pilato de lo sucedido: tan extrema fue la aflicción de ambos, que ninguno de los dos pudo comer ni beber aquel día. Un hombre llamado José, varón bueno y justo, de Arimatea, ciudad de Judea, un hombre que esperaba el reino de Dios, pide a Pilato el cuerpo de Jesús, «y, bajándolo de la cruz, lo envolvió en un lienzo muy blanco, y lo depositó en una tumba completamente nueva, que había hecho construir para sí mismo, y en la cual ninguna persona había sido sepultada». Así de escuetamente describe el Evangelio de Nicodemo los momentos que van desde la muerte de Jesús en la cruz hasta su entierro en la tumba de José de Arimatea. 2466 Salmos 22 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Mateo 27, 46-50 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Marcos 15, 34-37 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Lucas 23, 44-46 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 2467 Isaías 49, 14 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 2468 Lucas 23, 46 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 2469 Isaías 49, 15-16 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Ezequiel 10, 7 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Daniel 12 vatican:[español latín] latinvulgate biblos El relato continua con los judíos, que buscan a los doce apóstoles y a José, pues saben que se ha llevado el cuerpo de Jesús. La persecución y el riesgo de muerte obligan a José y a los apóstoles a esconderse. Sólo Nicodemo se presenta en la

sinagoga. Al poco lo hace José, al que apresan y amenazan de muerte. José responde: «Vuestras palabras son semejantes a las de Goliath el soberbio, quien se levantó contra el Dios vivo y a quien hirió David. Dios ha dicho por la voz del profeta: Me reservaré la venganza». Estas y otras palabras encolerizan a los judíos, que encierran a José en un calabozo sin ventanas, totalmente a oscuras, ponen guardias a su puerta y la sellan con el sello de Anás y de Caifás. Pasado el sábado, Anás y Caifás ordenan traer a su presencia a José. Al abrir el calabozo no hay nadie dentro: José ha desaparecido. El estupor es total. Anás y Caifás se retiran. Al rato entra en la Sinagoga uno de los soldados encargados de vigilar el sepulcro de Jesús. El soldado, aún aterrorizado, les comunica que han visto a un ángel quitar la piedra que cerraba el sepulcro, y que han oído al ángel decir a unas mujeres que Jesús había resucitado y se dirigía a Galilea. El temor se apodera de todos los presentes, que pagan a los soldados para que no cuenten a nadie lo que han visto. Entran en la Sinagoga, procedentes de Galilea, un sacerdote, un maestro y un levita que afirman haber visto a Jesús hablando con sus discípulos en el monte de los Olivos y luego ascender a los cielos: «Cometeríamos un pecado si callásemos ambas cosas», dicen. Los príncipes de los sacerdotes se levantan en seguida. Ordenan a estas tres