tumbado: la figura hueca transmitía esa 
ambigüedad en la postura. 

Había que avanzar hasta el libro decimoquinto 
para encontrar el comienzo del final de la historia 
y, como colofón, en el decimosexto, la tan 
ansiada sanación de Anfortas. El decimoquinto 
libro comenzaba con una lucha, entre Parzival y 
Feirefiz, ignorantes ambos de que eran hermanos. 
En la justa, la espada de Parzival se rompe y 
Feirefiz, en un gesto de caballerosidad, da por 
concluido el combate. Los dos hablan y 
descubren su parentesco: «los ojos del pagano 
empezaron a manar agua». Parzival lleva a 
Feirefiz al campamento del rey Arturo. Parzival y 
Feirefiz cenan con Gawan y mandan un mensaje 
a la tienda del rey Arturo informándole de la 
buena nueva. El rey Arturo y los suyos no tardan 
en unirse a ellos; llegan cabalgando, 
«acompañados por la música de trompetas, 
tambores, flautas y gaitas». Todos se felicitan. El 
rey Arturo decide organizar una gran fiesta para 
honrar la llegada de Feirefiz, que acepta gustoso 
la invitación de convertirse en caballero de la 
Mesa Redonda. La fiesta comienza a la mañana 
siguiente. Se talla una mesa redonda, simbólica, y 
en un círculo entorno a ella se disponen asientos 
sobre la hierba, bien alejados de la mesa, a una 
distancia de una carrera. Se reúnen gentes de 
todas partes, de usos bien distintos. Las damas 
que en su momento aceptaron los servicios de un

caballero, a cambio de otorgarle una recompensa 
amorosa, «cabalgaban ahora al círculo de la Mesa 
Redonda». «Fuera del círculo alrededor de la 
mesa redonda se dispuso un espacio para los 
torneos. Por cortesía, nadie podía entrar a caballo 
en el círculo. El espacio era amplio y por él 
hacían galopar los caballeros a sus caballos, en 
pelotones, mostrando su destreza en el arte 
ecuestre. Las mujeres miraban complacidas […] 
En ningún prado se vieron unos labios más rojos 
que en aquel círculo». La descripción me dejó de 
piedra, pues la vi simbolizada en el panel central 
de El jardín de las delicias, más aún cuando a la 
descripción se le unían el amor y las delicias que 
fueron servidas en el banquete. En torno al 
numeroso grupo de mujeres situado en el centro 
del círculo que sugería la boca y los labios de la 
gigantesca cabeza (1), en El jardín de las delicias, 
cabalgaban los caballeros. 

Llega entonces una dama, Cundry, aunque con 
un mensaje distinto al que trajo la primera vez. 
Cundry entra en el círculo, saluda al rey Arturo y 
pide perdón a Parzival por las palabras que le 
dirigió en la última ocasión en que se vieron. 
Todos animan a Parzival a que acepte las 
disculpas. Parzival accede al ruego. Cundry 
transmite a todos un mensaje sorprendente: 
Parzival debe ser el rey del Grial, pues así ha 
aparecido escrito sobre la piedra. Condwiramurs, 
esposa de Parzival, y su hijo Lohengrin también
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