el sol. Un arroyo caía desde lo alto». Luego lleva 
a Parzival «a una gruta donde nunca entraba el 
viento» y en la que arde algo de carbón. Parzival 
se quita la armadura, se pone un vestido que le 
ofrece Trevrizent y logra entrar en calor. Después, 
el ermitaño conduce a Parzival a la gruta en la 
que guarda los libros. Allí está el relicario sobre 
el que Parzival juró por la inocencia de Jeschute; 
y también hay una especie de altar de piedra. De 
esta gruta fue de la que, en su día, Parzival tomó 
una lanza. Trevrizent le informa de que la lanza 
era la de Taurian, y «utilizando un salterio le leyó 
los años y las semanas que habían pasado desde 
entonces»: cuatro años y medio, y tres días. 
Parzival odia a Dios por los infortunios que le ha 
ocasionado y así se lo hace saber a Trevrizent, 
que le conforta y le anima a confiar en Dios, pues 
le ayudará cuando llegue el momento. Trevrizent 
intenta demostrar a Parzival que no ha de mostrar 
cólera hacia Dios, pues no tiene culpa, al 
contrario, «nunca ha dejado de ayudar al alma 
que amenaza hundirse en el infierno. Sedle fiel 
pues Dios es fidelidad, y rechaza las malas artes. 
Se hizo hombre por nosotros y se llama Dios y es 
la Verdad. Nada vale el odio contra Él, pensad en 
Lucifer y sus compañeros de lucha, que acabaron 
en el infierno. Cuando Lucifer fue enviado al 
infierno, Dios creó del barro a Adán, y de la 
costilla de Adán creó a Eva, origen de nuestra 
desgracia, pues desobedeció a su Creador, lo que

acabó con nuestra felicidad. Adán y Eva tuvieron 
hijos, y uno de ellos fue tan insaciable que por 
codicia y ansias de gloria robó la virginidad a su 
abuela». Parzival queda perplejo al escuchar estas 
palabras; no entiende quien es esa abuela. 
Trevrizent le explica que esa abuela es «el planeta 
Tierra, la madre de Adán, quien vivía de los 
frutos de la tierra. Hasta ese momento la Tierra 
era virgen. Pero Adán engendró a Caín que mató 
a Abel por un pequeño beneficio. Cuando la 
sangre de Abel se derramó sobre la tierra, la 
Tierra perdió su virginidad y de ahí nació el odio 
del ser humano, que aún perdura». Recordé las 
palabras de Wolfram von Eschenbach, aquellas 
en las que asimilaba su relato a una cuerda tensa, 
y con las que invitaba a buscar un sentido al texto 
a través de la comparación: según lo que acaba de 
leer, parecía plausible equiparar el Grial y la 
fecunda Tierra, proveedora de alimentos. 
También se podía vislumbrar cierta analogía entre 
la lanza ensangrentada y la sangre asociada al 
nacimiento del odio y su generalización como 
símbolo del pecado. La Tierra era la madre de 
Adán, como Herzeloyde lo era de Parzival. 
Cuando Parzival abandona a su madre, abandona 
también a su creador. Parzival se expulsa 
voluntariamente del paraíso, tal y como hicieron 
Adán y Eva. Luego llegaría la sangre y el odio. 
Ingenioso simbolismo, a la vez bello y 
moralizante. Quizá sirviera de inspiración al
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