huellas hallaréis una ermita y en ella a un hombre 
santo. Si le mostráis arrepentimiento, os 
perdonará vuestros pecados». Parzival, que se 
siente despreciado por aquel al que los peregrinos 
aman de todo corazón, parte, y en el camino 
«piensa por primera vez en el que creó el mundo, 
en el que lo creó a él mismo. «¡Qué poderoso era! 
.dijo para sí. ¿Y si Dios me ayudara a vencer 
mi tristeza? Si hoy es el día en que puede 
ayudarme, que me ayude. Si el poder de Dios es 
tal que puede dirigir los caballos, y el resto de los 
animales, y también a los seres humanos, lo 
veneraré. Si Dios me puede ayudar, que dirija 
este caballo castellano lo mejor posible en mi 
camino». Y es verdad que Dios tenía tales 
poderes, al menos en el panel central de El jardín 
de las delicias, que ni pintado para hacer cierto el 
pensamiento de Parzival: en el panel central del 
tríptico, Dios dirigía a los caballos, y a los 
animales, y a los hombres, y al resto de seres 
vivos, y a la materia inerte, todo para hacer 
visible la imagen de su propio y triste rostro. 

Wolfram von Eschenbach aprovechaba este 
momento para relatar los misterios del Grial. Era 
aquí donde hablaba de Kyot, de Toledo, del texto 
originario en árabe, y del pagano Flegetanis. 
Parzival sigue las huellas de los peregrinos y 
llega a la ermita de Trevrizent, donde le recibe el 
ermitaño. Parzival desmonta. Trevrizent lleva el 
caballo «debajo de una peña donde nunca brillaba

el sol. Un arroyo caía desde lo alto». Luego lleva 
a Parzival «a una gruta donde nunca entraba el 
viento» y en la que arde algo de carbón. Parzival 
se quita la armadura, se pone un vestido que le 
ofrece Trevrizent y logra entrar en calor. Después, 
el ermitaño conduce a Parzival a la gruta en la 
que guarda los libros. Allí está el relicario sobre 
el que Parzival juró por la inocencia de Jeschute; 
y también hay una especie de altar de piedra. De 
esta gruta fue de la que, en su día, Parzival tomó 
una lanza. Trevrizent le informa de que la lanza 
era la de Taurian, y «utilizando un salterio le leyó 
los años y las semanas que habían pasado desde 
entonces»: cuatro años y medio, y tres días. 
Parzival odia a Dios por los infortunios que le ha 
ocasionado y así se lo hace saber a Trevrizent, 
que le conforta y le anima a confiar en Dios, pues 
le ayudará cuando llegue el momento. Trevrizent 
intenta demostrar a Parzival que no ha de mostrar 
cólera hacia Dios, pues no tiene culpa, al 
contrario, «nunca ha dejado de ayudar al alma 
que amenaza hundirse en el infierno. Sedle fiel 
pues Dios es fidelidad, y rechaza las malas artes. 
Se hizo hombre por nosotros y se llama Dios y es 
la Verdad. Nada vale el odio contra Él, pensad en 
Lucifer y sus compañeros de lucha, que acabaron 
en el infierno. Cuando Lucifer fue enviado al 
infierno, Dios creó del barro a Adán, y de la 
costilla de Adán creó a Eva, origen de nuestra 
desgracia, pues desobedeció a su Creador, lo que
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