el día?» .y de nuevo pensé en la escena de la 
entrada del Grial en el Perceval de Chrétien de 
Troyes.. En la habitación también entran 
doncellas que traen licores y «frutas paradisíacas». 
Con ellas charla Parzival hasta que decide que ya 
es hora de dormir. Durante el sueño, Parzival 
tiene pesadillas parecidas a las que sufrió su 
madre por la ausencia de Gahmuret. Pasada la 
noche despierta; pero no ve a nadie en torno a él, 
ni encuentra a nadie en el castillo. Parzival decide 
irse. Armado y cabalgando sale por el puente del 
castillo. Cuando a punto está de llegar al final del 
puente, un escudero escondido iza el puente y 
casi derriba a Parzival. Desde el interior, el 
escudero le maldice: «¡Id al infierno! Sois necio. 
¡Si hubierais preguntado al señor del castillo! 
¡Habéis echado a perder vuestra gloria!». Por más 
que Parzival pide explicaciones no recibe 
respuesta. Wolfram von Eschenbach introducía 
aquí su propia opinión, para decir que cuando 
Parzival .el también llamado caballero Rojo. 
«llegó al Grial, empezó el juego de dados de su 
desgracia, y sólo los miró con sus ojos, sin 
tocarlos con la mano». Tal descripción se 
prestaba a ser vista en la parte inferior del panel 
derecho de El jardín de las delicias. 

Al salir del castillo, Parzival escucha los 
lamentos de una dama y hacia ella se dirige. Entre 
sus brazos la dama sostiene a un caballero muerto. 
La dama es Sigune, prima de Parzival. Ninguno

de los dos reconoce al otro. Sigune pregunta a 
Parzival dónde pasó la noche. Parzival responde 
que en un castillo a una milla de allí. Sigune se 
extraña, no se cree que Parzival pueda haber 
estado en ese castillo, pues «es el más perfecto 
del mundo. Quien lo busca intencionadamente 
nunca lo encuentra. Sólo sin buscarlo se puede 
encontrar. Se llama Munsalwäsche». Sigune dice 
a Parzival que el reino se llama Salwäsche, y que 
el señor del castillo se llama Anfortas, hijo de 
Frimutel, hijo a su vez de Titurel .fundador de 
la dinastía del Grial.; Anfortas vive en una silla, 
pues no puede cabalgar ni andar, ni estar de pie ni 
tumbado; Trevrizent, hermano de Anfortas, vive 
en la pobreza y para Dios, con el fin de expiar su 
culpa. Todo esto dice Sigune a Parzival, al tiempo 
que le increpa por mentir, pues de haber estado 
Parzival en el castillo habría liberado a Anfortas 
de su dolor. Parzival responde. Sigune, que ahora 
reconoce la voz, le pregunta si vio a Anfortas y si 
vio el Grial; porque, quien ponga fin al 
sufrimiento de Anfortas, destinado está a ser 
elevado por encima de todas las criaturas, que le 
servirán por siempre y le colmarán de riquezas. 
Solo una cosa podría consolar a Sigune en su 
dolor, que alguien librara de su enfermedad a 
Anfortas. Sigune, al ver que Parzival lleva la 
espada de Anfortas, le dice: «Si conoces su 
conjuro podrás luchar sin temor. Su filo es muy 
recto». La espada, según Sigune, resiste solo un
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