escritas; pero entonces se truncaba la historia, 
dejando al lector con la inequívoca sensación de 
que ambas acabarían influyendo en el devenir de 
los acontecimientos. Como muestra de cortesía y 
de honor, Chrétien de Troyes parecía elevar a las 
tres madres por encima incluso de sus heroicos 
hijos, como respetando la jerarquía del linaje de 
leyenda, en el que los héroes son hijos de los más 
grandes héroes y de las más altas damas. 

Padres y madres no acostumbraban a adquirir 
demasiado protagonismo en las aventuras de los 
héroes de nuestra época, quizá por razones de 
marketing. Relegados a un segundo plano, 
cuando no excluidos por completo, padres y 
madres eran más bien considerados hoy en día 
una carga que no podía sino impedir las hazañas 
del protagonista, destruyendo con la razón y la 
sapiencia de su madurez los sueños de libertad, de 
conquista y de ruptura con el pasado propios de la 
juventud de los héroes actuales, contrarios a los 
de aquella época, pues aquellos nacían obligados 
a emular, cuando no superar, la heroicidad de sus 
ancestros. Los héroes de hoy en día eran héroes 
huérfanos de historia, nacidos en laboratorios. 
Los padres, la vejez o la dependencia constituían 
la antítesis temática de la independencia valerosa 
y luchadora asociada a la heroicidad juvenil de 
nuestros días. No era este mi caso. Mis padres 
eran jóvenes y dinámicos: nos llevábamos tan 
solo veinte años. De trasladarlos en el tiempo a la

corte del rey Arturo, hasta mi madre habría 
tomado las armas para salir en busca de aventuras, 
rompiendo con las reglas de la caballería. De 
innato carácter transgresor, muy atrevida para su 
tiempo, fue ella la que nos inculcó, tanto a mi 
hermana como a mí, el espíritu de aventura. No 
pasaba año en el que ella no planeara algún viaje 
impredecible. En los aeropuertos éramos de las 
pocas familias que en aquellos años de mi niñez 
no viajaba con maletas, sino con enormes 
mochilas y equipos solo propios de exploradores. 
Le encantaba África. «Tu madre se cree Vasco de 
Gama», solía decir mi padre bromeando. Y debía 
de ser cierto, porque con el paso de los años 
llegamos a recorrer toda la costa africana e 
incluso fuimos a la India. Definitivamente no se 
parecía mi caso al de Perceval, en este sentido: 
mis padres siempre me apoyaron en mis 
decisiones, incluso cuando les dejé y me trasladé 
a estudiar periodismo a Madrid, un paso que casi 
les hizo a ellos más ilusión que a mí. Y en lo que 
respecta a su vejez, les veía tan activos que ni 
siquiera me había planteado dónde, cómo o quién 
les cuidaría, llegado el caso. De hecho, todo me 
hacía suponer, por lo poco que me cuidaba yo y 
lo mucho que lo hacían ellos, que en la carrera de 
la vida acabaríamos cruzando la meta casi al 
mismo tiempo.
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