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otras en cuanto a su ideal de belleza. En el arte moderno, sin embargo, la belleza no se percibía tan fácilmente: había que saber buscarla; y no siempre se encontraba o era posible encontrarla, por haberse redefinido el término en términos indefinidos. Todas las pinturas que estaba viendo en el Prado apelaban a la percepción natural de lo bello. Y aunque cada pintor y cada escuela tenía su propio estilo, todos parecían coincidir en una regla común, algo así como «amarás a la naturaleza, a sus formas, a sus proporciones y no te alejarás en exceso de ellas». Con el paso del tiempo las diferencias entre los estilos artísticos habían crecido exponencialmente hasta casi llegar al infinito en la época actual, en la que aparentemente todo era susceptible de ser catalogado como arte. Una obra de Velázquez entra por los ojos; triunfa de inmediato; se adentra en el laberinto de belleza que la naturaleza ha cincelado en el cerebro de cada cual y encuentra victoriosa la salida en un segundo. Una obra cubista no nace con la misma suerte. Para evitar morir devorada en el centro del laberinto por el Minotauro de la incomprensión, la obra moderna tiene que derribar viejos tabiques, esculpir nuevos senderos, seguir el hilo de alguna Ariadna, abrir nuevas puertas que la naturaleza no ha abierto porque no era necesario hacerlo, porque el cubismo sintético es una invención humana que no existe en la naturaleza y que ha

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nacido precisamente como forma alternativa de expresión. Las obras de Velázquez entran por los ojos; las de Picasso, sin embargo, requieren de martillo, de cincel, de buen hacer y de paciencia. Tanto el cerebro humano como el corazón encuentran un buen símbolo en el laberinto, en un laberinto traslúcido encerrado en una esfera, también traslúcida, de núcleo lleno con el líquido de la sabiduría y de la bondad, y con múltiples salidas a la superficie. ¿Cómo extraer lo mejor del hombre? ¿Cómo sacar el líquido de la laberíntica esfera? Los seres humanos, las esferas, ruedan cuesta abajo por el abrupto sendero de la vida, explorando mil caminos. Muchos, devanándose los sesos, analizando a conciencia su propio laberinto, logran verter parte del líquido al exterior moviéndose en complejas trayectorias, y con él riegan el camino, que entonces florece. Otros, por más que se esfuerzan, apenas logran verter nada, tan complejo es su laberinto. Y otros, a saber cómo, se vuelven opacos, y llegan al final del camino con más líquido del que tenían al salir, por haberse cuidado de no derramar ni gota y absorber todo cuanto encontraron a su paso. No hay dos días iguales: en unos, nos sonríe la vida; en otros, parece darnos la espalda. Querer dar siempre lo mejor es digno de elogio. Querer recibir siempre lo mejor es síntoma de insensatez.

13 -2 -1 -1 +1 +1 +2 13 -2 -1 -1 +1 +1 +2