
la vista que resultaba sorprendente comprobar cómo los expertos, tan aficionados a los diálogos entre las obras, no habían llegado a relacionar a los dos personajes, ni de manera contundente ni por asomo, o al menos eso deduje de los textos que leí en las páginas web de los museos custodios de ambas obras, pues sobre este asunto no decían ni pío, cuando no apuntaban hacia otros lados. Si estas cosas pasan con un pintor archiconocido, como lo es el Bosco, del que solo existen un puñado de obras en el mundo, qué no pasará con otros pintores. La Muerte y el Mísero era la gota que, si bien no llegaba a colmar el vaso, sí que lo hacía parecer más lleno que vacío, en lo tocante a identificar con la Muerte al personaje bajo la puerta en La adoración de los Magos. La Muerte, en La Muerte y el Mísero, tenía cabeza de calavera, y vestía una sábana blanca, que también le servía de corona, cual turbante. La Muerte, flecha en mano 2266, llegaba para llevarse consigo las mundanales riquezas del hombre. La sombra de la flecha anunciaba su venida, la de la flecha de la Muerte. Cristo, en su crucifijo, crucificado en lo más alto, sobre el cristal en mosaico de un angosta ventana en arco ojival, anunciaba con luz de vida eterna su segunda venida. Sombra y luz apuntaban hacia el 2266 1 Corintios 15, 55 vatican:[español latín] latinvulgate biblos

moribundo, recostado en su cama. Sombra y luz le daban a elegir entre las mundanales riquezas de este viejo mundo y las riquezas espirituales del aquel otro y nuevo mundo. La luz que descendía de Cristo recordaba a aquella otra sobre el tríptico cerrado de La adoración de los Magos. La relación de La Muerte y el Mísero con la Mesa de los pecados capitales saltaba a la vista. También en La Muerte y el Mísero se adivinaban gigantescas cabezas que contribuían con mucho al relato. Cristo, ante el cristal, sugería la luz del nuevo mundo, más allá de la habitación de miserias que es este mundo; y al mismo tiempo era ojo derecho de una gigantesca cabeza (1) 2267 de rasgos humanos. Cristo marcaba la salida de emergencia del oscuro túnel de la vida, un túnel sin más luz al final del túnel que el abrasador fuego del demonio que espera impaciente sobre el lecho de muerte. Este demonio hacía de ojo izquierdo en la cabeza (1). La cortina frontal del dosel, recogida a la izquierda en bulto colgante, sugería la nariz. La cortina de la izquierda se alzaba puntualmente para sugerir la boca, por donde asomaba su cabeza y brazos un diabólico pez antropomorfo para ofrecer al moribundo una bolsa llena de pecados, o quizá recogerla: el dosel, con sus cortinas extendidas, era vehículo hacia las tinieblas, pues sumía al hombre en la oscuridad 2267 #ahsBOSCOlamuerteC1