volvió, de recibir la Comunión y la 
Extremaunción, con el espíritu renovado; y todos 
se apresuraron a confirmarle que le seguirían 
hasta el final. «Si he de completar mi 
peregrinación entonces debo de descender a esta 
tumba y convertirme en tierra», decía 
Todohombre, preparado ya para su último viaje. 
Al escuchar estas palabras, la Belleza deshacía su 
promesa y abandonaba a Todohombre. La 
Fortaleza también se echaba atrás; Todohombre 
insistía; «Es inútil», respondía la Fortaleza, «entra 
tú en la casa oscura». La Prudencia también 
renegaba, y también los Cinco Sentidos: «no 
volverás a ver mi cara», le decían. Sólo la Virtud 
se comprometía a acompañarle en los momentos 
difíciles, ya fuera en vida, en la muerte, o en el 
tormento. La Sabiduría sólo le acompañaría hasta 
el momento que dejara de vivir. Y así llegaba 
Todohombre, acompañado sólo de su Virtud, a la 
oscura puerta de la casa de la Muerte, y de allí a 
los cielos, donde un ángel anunciaba la salvación 
de su alma gracias a su buena Virtud. La obra 
terminaba con un pequeño epílogo en el que el 
autor recordaba que: «[…] Belleza, Fortaleza, 
Prudencia, Cinco Sentidos, todo es pasajero; 
tened esto en cuenta […] ¡Oh, Todohombre, 
como puedes ser / orgulloso, envidioso! Muy 
estimada audiencia, / tomad este espejo; 
mantenedlo ante vuestros ojos / y permaneced 
lejos del orgullo / y también del resto de pecados.

/ Recemos ahora / para que este espejo pueda así 
fortalecer a todo hombre / para que al fin 
lleguemos puros ante Dios». La cara, espejo del 
alma, no parecía haber cambiado mucho en 
quinientos años. 

Los Magos de La adoración de los Magos se 
presentaban ante Dios con sus ofrendas, 
prefigurando así a todo hombre en el momento de 
presentar sus cuentas a Dios, en el día del Juicio 
Final, día en el que serán quemados el incienso, la 
mirra y hasta el oro, símbolos de los pecados del 
alma, del corazón y de la mente. De ahí que el 
Mago en primer plano llevara como ofrenda el 
sacrificio de Abraham: el Mago representaba al 
judaísmo, la religión que consumaría el sacrificio; 
el Mago, arrepentido, se arrodillaba e imploraba 
perdón. La figura de la Muerte, en la puerta de su 
propia casa, era la encargada de traer al hombre a 
la presencia de Dios: «Salgo a reinar en el 
mundo», decía la Muerte, que con justicia hacía 
suyas las riquezas de todo hombre. Las alusiones 
a la Comunión, al cuerpo y la sangre de Cristo, a 
los siete pecados capitales, a la puerta, a la 
Muerte, al tormento, al Juicio Final, a los ojos de 
Dios .que penetraban las conciencias. se 
podían también leer en las obras del Bosco. Para 
el anónimo dramaturgo flamenco del siglo XV, 
Dios y la Muerte eran Señor y siervo más que 
opuestos, lo que permitía una mejor integración 
de ambas figuras en el panel derecho de El jardín
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