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le ordenaba a la Muerte que acudiera presta a Todohombre y le dijera, en su nombre, que emprendiera de inmediato una peregrinación, aquella que nadie en el mundo puede evitar, para llegar cuanto antes a rendirle cuentas. «Así se hará, Dios todopoderoso. Salgo a reinar en el mundo», respondía la Muerte. Y, de esta forma, la Muerte se encontraba con Todohombre, y le transmitía el mensaje. Todohombre intentaba con excusas retrasar el momento de dar cuentas a Dios, cuyos ojos todo lo penetran. La Muerte se impacientaba: «¿Para qué crees que se te prestó todo lo que tienes?», le increpaba a Todohombre, «¿cómo puedes, teniendo cinco sentidos, ser tan insensato, y tan impuro, y pensar que vengo de improviso?». Todohombre había de partir ese mismo día. «¿Por qué habré nacido?», se lamentaba; y, pensando en quién le pudiera acompañar en tan largo viaje, le habló a la Amistad, que siempre le había jurado lealtad hasta la muerte. La Amistad, que vio muy deprimido a Todohombre, le dijo: «Cuéntame tu dolor y sufrimiento», tan evidente que «podría cortarse con un cuchillo». Al conocer el asunto, la Amistad se negó rotundamente a acompañar a Todohombre: «Si se tratara de salir a tomar algo .argumentaba la Amistad. iría contigo hasta que rompiera el día, o si se tratara de ir a una feria, fuera de los límites de la ciudad, o algún otro sitio donde hubiera mujeres bonitas. Pero no iré a

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donde me dices». Todohombre se dio entonces cuenta del valor de la amistad: «de irme bien las cosas todos reirían conmigo», todos serían amigos; sin embargo, ninguno estaba dispuesto a compartir mi sufrimiento. Todohombre llamaba entonces a las personas más cercanas, al Allegado y al Primo. Pero aquellos que con la boca de la hipocresía le dijeron en su día: «Primo, si te falta cualquier cosa, aquí estoy para lo que necesites», ahora le daban la espalda. Todohombre llamaba entonces a sus pertenencias, a sus Bienes, que tantos placeres le dieron siempre. Pero sus Bienes no sólo se negaban a acompañarle, sino que ahora le reprendían con un discurso severo: «el amarme es contrario al Cielo». Abandonado por la Amistad, por el Allegado, por el Primo y por los Bienes, Todohombre decidía apelar a su Virtud: «¿Dónde estás, Virtud mía?». «Aquí yazco, toda atrofiada en la cama», respondía la Virtud, «no puedo mover ni un miembro, así me han dejado tus fechorías». La Virtud, así de enferma, tampoco podía acompañar a Todohombre; pero sí lo haría su hermana, la Sabiduría. Fue la Sabiduría la que condujo a Todohombre a un río llamado Confesión, para que se lavara, y le impuso a Todohombre una Penitencia, para que así pudiera salvarse. Todohombre daba gracias a Dios y a la Santísima Trinidad, a los que denominaba «Tesoro divino», «Semilla real», «Alimento de ángeles», «Espejo de alegría cuya

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