
texto de esta obra de teatro del siglo XV .con tintes más morales que dramáticos., escrita en los Países Bajos, no podía estar más acorde con la pintura del Bosco. La traducción que algunos autores daban para «een voer al», en el contexto de esta obra de teatro, era «de una vez y para siempre». También encontré esta expresión traducida como «uno para todos» en otros contextos distintos, lo que de inmediato sugería «un Dios para todos». Con esto, la hipótesis de que, en La adoración de los Magos, el Bosco estuviera simbolizando las tres religiones monoteístas bajo el paraguas de un mismo Dios, cobraba aún más consistencia. «Uno para todos»: un solo Dios para el judaísmo, cristianismo e islam. Los tres Magos simbolizarían las tres religiones; y el Niño sería el único Dios, encarnado. Las tres hojas de la flor de lis se unían en una única flor, en el escudo de armas del donante femenino, en el panel derecho; y los tres bustos de caballo se unían bajo un único busto de caballo alado, hecho hombre en el yelmo, que a los otros guiaba, en el escudo de armas del donante masculino. Todo encajaba a las mil y una maravillas. El Espejo de la Salvación de Todohombre comenzaba con un monólogo, el de Dios, que desde su trono, allá en los cielos, expresaba su profundo malestar por ver al hombre convertido en un ignorante vividor, cegado por el pecado,

enamorado de las riquezas mundanas, incapaz de reconocer a Aquel que dio su vida por salvarle. Dios también se sorprendía del progreso del orgullo, de la avaricia y de la envidia en el mundo, y hacía responsable de haber abierto la puerta .se entiende que al Juicio Final. a los siete pecados capitales. La apertura de esta puerta entristeció a Dios profundamente. Las siete virtudes .prudencia, justicia, templanza, fortaleza, fe, esperanza y caridad., poderosas en su día, habían sido relegadas y ahuyentadas. El hombre vivía el hoy sin preocuparse del mañana. Cuanta más gente ponía Dios en el mundo, peores eran. Todo lo que crecía lo hacía a peor. Ante esta trágica realidad, Dios tomaba una decisión: había llegado la hora del Juicio Final. Dios no podía permitir que el mundo siguiera existiendo tal y como existía. De hacerlo, las personas llegarían sin remedio a ser peores que las bestias y se devorarían las unas a las otras. ¡Cuántos bienes había dado Dios al hombre gratuitamente, del tesoro de su misericordia! Pero el hombre era tan insensato, y estaba tan cegado por las riquezas terrenales, y vivía tan despreocupado que, por ser la situación insostenible, había llegado la hora de hacer justicia. «¿Dónde estás, Muerte mía, tú que a nadie perdonas? Ven aquí. Escucha lo que tengo que decirte», decía Dios buscando a la Muerte. «A tus órdenes siempre, Dios todopoderoso, dime tus órdenes», respondía servicial la Muerte. Dios