
nada menos que de julio de 2002, con lo que mi plan se fue al traste. Terminé mi café, dejé sobre la barra el programa atrasado y salí del cine Doré, no sin antes coger un programa del mes en curso. No había andado ni tres pasos cuando de la esquina de las taquillas .apenas a dos metros de distancia de donde me encontraba. apareció de repente un hombre con tanta prisa que apenas tuvo tiempo de verme, y mucho menos de esquivarme, por lo que acabó chocando contra mí. Tampoco yo tuve tiempo de reaccionar, y sólo por instinto intenté agarrar al hombre para evitar su caída. El hombre se aferró a mi hombro con su mano derecha. Su cara temblorosa me miró aterrorizada. Su cuerpo parecía resbalar; caía poco a poco hacia el suelo. Y entonces vi que por su nuca salía sangre procedente de una extraña herida, verduzca y escamada. Sin apenas sostenerse en pie, casi sin fuerzas, el hombre tomó aliento y no sin dificultad me dijo: «¡La moneda…! ¡No dejes que destruyan la moneda…!». Y sin más se desprendió de mí para avanzar tan solo unos pasos, a trompicones, y caer de bruces en la acera, al borde de la calzada, delante de la puerta del cine Doré. No daba crédito a mis ojos. Quedé con la espalda pegada a la pared, mirando al hombre en el suelo. No había pasado ni un segundo cuando de reojo vi irrumpir por la misma esquina a otra persona con iguales

prisas que la otra, pero con más ímpetu; y si no chocó contra mí fue por estar yo de lado, pegado a la pared y absolutamente quieto, inmovilizado y sin capacidad de reacción, mirando al hombre en el suelo, sin comprender lo que había ocurrido. No llegué a ver la cara de aquella segunda persona; sólo pude distinguir su cuerpo de mujer y su morena melena cuando se abalanzó sobre el hombre en el suelo. Al instante, un coche frenó estrepitosamente junto a la mujer, se abrió la puerta trasera, salió un brazo que agarró al hombre por el cuello y lo introdujo en el coche en un segundo; y tras él entró la mujer. La puerta se cerró y el coche arrancó y desapareció a la misma velocidad que había llegado. No pudieron tardar menos, todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. La calle quedó desierta y silenciosa. Nadie más que yo vio aquella escena. Las marcas de los neumáticos, que quedaron grabadas en el asfalto, y el olor a la goma quemada fueron el único rastro de aquel momento incomprensible. Permanecí un rato en la misma posición, apoyado en la pared, todavía perplejo. Recordé las palabras del hombre: «¡La moneda…! ¡No dejes que destruyan la moneda…!». No tenía ningún sentido. Por la puerta del cine Doré salió una pareja que, ajena a todo lo sucedido, bajó tranquilamente por la calle Santa Isabel.