en la esquina de la barra, llamó mi atención un 
programa mensual de la Filmoteca Española, 
abandonado allí a su suerte. Lo cogí, lo desplegué 
y ojeé la programación. De entre los ciclos 
anunciados había uno de cine y pintura que 
incluía Le Mystère Picasso 77 y Fake 78 entre otras 
tantas cintas. En Le Mystère Picasso, y según se 
deducía del comentario escrito en el programa, el 
pintor malagueño dotaba a su obra de una 
dimensión temporal, idea que parecía ilustrarse 
con una serie de fotografías de dibujos situadas 
en el lateral de la derecha y entre las que se daba 
la misma relación temporal que entre los 
fotogramas de una película: en la serie se veía a 
un pájaro que tocaba algo en el suelo, y ese algo 
crecía, y seguía creciendo hasta estallar y tumbar 
al propio pájaro. Puesto que había tomado a 
Picasso como referencia para mi primer ensayo 
pictórico pensé que quizá sería interesante ver 
este documental. Pero he aquí que al buscar los 
días de proyección me di cuenta de que lo que 
tenía entre las manos era un programa atrasado, 

77 Le Mystère Picasso (Francia, 1956; año de producción: 1955), 
de Henri-Georges Clouzot (Niort, 1907 R París, 1977). 

bifi:[película director] google:traductor 

78 Vérités et mensonges (Francia-Irán-RFA, 1974; año de 
producción: 1973), de Orson Welles (Kenosha, 1915 R Los 
Ángeles, 1985). 

bifi:[película director] google:traductor

nada menos que de julio de 2002, con lo que mi 
plan se fue al traste. 

Terminé mi café, dejé sobre la barra el 
programa atrasado y salí del cine Doré, no sin 
antes coger un programa del mes en curso. No 
había andado ni tres pasos cuando de la esquina 
de las taquillas .apenas a dos metros de 
distancia de donde me encontraba. apareció de 
repente un hombre con tanta prisa que apenas 
tuvo tiempo de verme, y mucho menos de 
esquivarme, por lo que acabó chocando contra mí. 
Tampoco yo tuve tiempo de reaccionar, y sólo 
por instinto intenté agarrar al hombre para evitar 
su caída. El hombre se aferró a mi hombro con su 
mano derecha. Su cara temblorosa me miró 
aterrorizada. Su cuerpo parecía resbalar; caía 
poco a poco hacia el suelo. Y entonces vi que por 
su nuca salía sangre procedente de una extraña 
herida, verduzca y escamada. Sin apenas 
sostenerse en pie, casi sin fuerzas, el hombre 
tomó aliento y no sin dificultad me dijo: «¡La 
moneda…! ¡No dejes que destruyan la 
moneda…!». Y sin más se desprendió de mí para 
avanzar tan solo unos pasos, a trompicones, y 
caer de bruces en la acera, al borde de la calzada, 
delante de la puerta del cine Doré. No daba 
crédito a mis ojos. Quedé con la espalda pegada a 
la pared, mirando al hombre en el suelo. No había 
pasado ni un segundo cuando de reojo vi irrumpir 
por la misma esquina a otra persona con iguales
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