
coches continuaban con su particular ir y venir, exhibiendo encantos solo al alcance del volumen infinito de la música. A la izquierda de la oscuridad de la sala apareció de nuevo el sonido de la guitarra, entrecortado, rítmico; y luego se oyó entrar al bajo, rotundo, que dio una nota y la mantuvo. Y entonces sonó un cañonazo tan de improviso, y a un volumen tan brutal, que sentí cómo el sonido, hecho materia, me atravesaba el cuerpo; y noté la vibración hasta en la espalda. Y al mismo volumen continuó la música. Los teclados comenzaron a repetir su tema; y la guitarra apareció a la derecha de la oscuridad; y se oyó un piano a la izquierda con un sonido limpio; y a la derecha se sumaron otros teclados que comenzaron a repetir el mismo tema; y el bajo volvió a dar su nota; y entonces sonó otro cañonazo, hermano gemelo del anterior, y se me volvió a desbaratar el cuerpo, pues esta vez el golpe me llegó al alma. Y el martirio no solo continuó sino que fue a peor; porque la batería comenzó a marcar el ritmo con el bombo y llegué a sentir que cada golpe de pedal me impactaba directamente en el corazón. La sensación se hizo insoportable; temí por mis órganos internos. Jamás había sentido así el sonido: cubría todas las frecuencias, lo palpaba con mi cuerpo. Y mientras los coches seguían tranquilamente a lo suyo, la guitarra de la derecha también hizo lo propio; y el bajo acompañó la melodía; y volvió el sonido

puro del piano, y el de la guitarra, a la izquierda de la oscuridad; y me preparé .ahora sí. para otro cañonazo. Pero no sirvió de nada; porque tan pronto como llegó me volvió a atravesar la carne y el espíritu. Pensé en levantarme y abandonar la sala, el martirio se hacía insoportable; pero aquella sonoridad, tan fascinante y completa, me ataba a la butaca. Y sufrí con cada golpe de pedal pensando que mi corazón estallaría antes de llegar al siguiente latido. Y así llegó otro cañonazo que .a Dios gracias. resultó ser el último y puso fin a lo que parecía ser, más que la introducción de una pieza musical, un aquelarre de la música contra mis órganos vitales. Acabé exhausto. Cuando comenzó la película aún no me había recuperado de la extraña experiencia. Pasaron los años y un día, escuchando un disco de vinilo, me encontré de nuevo con exactamente el mismo tema. Y sólo entonces comprendí mi error al creer que era música de anuncio, pues no lo era. Se trataba del Industrial Disease 76 de Dire Straits. 76 Industrial Disease, del LP Love over Gold (1982, Vértigo Records), de Dire Straits. markknopfler:[canción cd autor] Estos fueron los recuerdos de cine, música y televisión que rondaron mi cabeza mientras tomaba café en la desierta barra del bar del cine Doré, tan desierta como las mesas. A mi derecha,