a menos que se vendieran un número mínimo de 
entradas. Al instante revivieron en mi memoria, 
como maldiciones y fantasmas del pasado, las 
negativas que el cine me impuso en mi niñez. 
Afortunadamente, pronto llegaron algunas 
personas más y se cubrió el cupo, y tras unos 
minutos abrieron las puertas y pudimos pasar a la 
inmensa sala los cuatro gatos que esperábamos 
para entrar. Con el recuerdo puesto en las 
aglomeraciones de las matinés de los domingos, 
aquella visión del inmenso cine vacío me pareció 
algo inconcebible. Subí al primer anfiteatro y me 
situé en el centro, en una de las primeras filas. 
Poco después se apagaron las luces. Y, mientras 
se terminaban de descorrer las gigantescas 
cortinas traslúcidas, se encendió el proyector. En 
la pantalla irrumpieron gigantescos coches de lujo, 
acompañados por el sonido descomunal de una 
guitarra que, con la potencia de cien orquestas 
sinfónicas, casi me hizo saltar de la butaca. 
Apenas fueron unas notas, pero el tono brillante, 
metálico, transparente hasta casi dejar ver el 
palpitar de las venas de las manos que lo 
producían, me resultó terriblemente atractivo. Al 
mismo desorbitado volumen se oyó, justo 
después, una batería, marcando el ritmo sólo con 
los platillos de pedal, y luego con las baquetas. 
Después entraron unos teclados que sonaron 
dulces, como un órgano de iglesia, interpretando 
una melodía sencilla pero atractiva. Mientras, los

coches continuaban con su particular ir y venir, 
exhibiendo encantos solo al alcance del volumen 
infinito de la música. A la izquierda de la 
oscuridad de la sala apareció de nuevo el sonido 
de la guitarra, entrecortado, rítmico; y luego se 
oyó entrar al bajo, rotundo, que dio una nota y la 
mantuvo. Y entonces sonó un cañonazo tan de 
improviso, y a un volumen tan brutal, que sentí 
cómo el sonido, hecho materia, me atravesaba el 
cuerpo; y noté la vibración hasta en la espalda. Y 
al mismo volumen continuó la música. Los 
teclados comenzaron a repetir su tema; y la 
guitarra apareció a la derecha de la oscuridad; y 
se oyó un piano a la izquierda con un sonido 
limpio; y a la derecha se sumaron otros teclados 
que comenzaron a repetir el mismo tema; y el 
bajo volvió a dar su nota; y entonces sonó otro 
cañonazo, hermano gemelo del anterior, y se me 
volvió a desbaratar el cuerpo, pues esta vez el 
golpe me llegó al alma. Y el martirio no solo 
continuó sino que fue a peor; porque la batería 
comenzó a marcar el ritmo con el bombo y llegué 
a sentir que cada golpe de pedal me impactaba 
directamente en el corazón. La sensación se hizo 
insoportable; temí por mis órganos internos. 
Jamás había sentido así el sonido: cubría todas las 
frecuencias, lo palpaba con mi cuerpo. Y mientras 
los coches seguían tranquilamente a lo suyo, la 
guitarra de la derecha también hizo lo propio; y el 
bajo acompañó la melodía; y volvió el sonido
13 -2 -1 -1 +1 +1 +2 13 -2 -1 -1 +1 +1 +2