semejante a una piedra de jaspe y de sardio; y 
alrededor del trono vio un arco celeste .et iris 
erat in circuitu sedis. y a veinticuatro ancianos 
con coronas de oro; y delante del trono vio siete 
lámparas de fuego. Analicé la imagen digital de 
El jardín de las delicias. Luego, releí el texto: un 
trono… un ser semejante a una piedra de jaspe y 
de sardio… un arco celeste… El corazón me dio 
un vuelco: en el panel central aparecía esa misma 
escena, en el ojo derecho de Dios, junto al iris, 
¿dónde si no? El lugar era perfecto. Allí estaba la 
pequeña piedra de jaspe azul, sugiriendo la forma 
del cuerpo. Allí estaba la cabeza, justo encima, en 
una esfera roja rodeada de nimbo áureo. La piedra 
que hacía de cuerpo descansaba sobre otra piedra, 
esférica y rosa, que le servía de trono, de pedestal, 
de luna, de universo mundo. Y rodeando a esta 
entronizada figura pétrea (53) aparecía el arco 
celeste, en forma de óvalo vertical, rememorando 
el que Durero incluyó en su tercer grabado de la 
serie de ilustraciones sobre el Apocalipsis, 
grabado en el que representó esta misma 
escena 1973. Y he aquí que al echar un vistazo a este 
grabado descubrí una divina cabeza, a imagen de 
la divina cabeza (1) en el panel central de El 
jardín de las delicias: la divina cabeza del 

1973 Johannes vor Gott und den vierundzwanzig Ältesten de 
Apocalipsis cum figuris (1498), de Albrecht Dürer, Kunsthalle zu 
Kiel (A.B. 1164), Kiel. 

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grabado, en el universo mundo, abría de par en 
par las puertas de su mente celestial para mostrar 
su divina conciencia, sus ojos concentrados en las 
radiantes y ventosas nubes .cabeza (21)., y 
abiertos en los santos .cabeza (22)., San Juan 
arrodillado en las santas y nubosas narices. El 
Bosco parecía sugerir hasta las cabezas de los 
veinticuatro ancianos, imitando la disposición de 
Durero, doce a cada lado, dotándolas de la misma 
forma esférica asociada a la cabeza del divino ser 
de jaspe y de sardio. Las veinticuatro cabezas, de 
tono azul celeste, coronaban dos gigantescas 
láminas doradas, semejantes a dos mitras de oro, 
símbolo de las coronas. Se podían intuir hasta las 
llamas y los antropomorfos cuatro vientos. Todo 
ocurría en un espacio reducido, sobre la 
construcción símbolo del ojo derecho de Dios (1), 
un lugar del todo significativo por ser receptor de 
múltiples e importantes interpretaciones. El 
Bosco eligió a conciencia este lugar, que incluso 
se prestaba a relaciones geométricas de peso: si la 
línea recta imaginaria que partía de la esquina 
inferior derecha del tríptico y pasaba por el dado 
pequeño coincidía con la diagonal del tríptico, la 
línea que partía desde esa misma esquina y 
pasaba por el dado mayor llegaba hasta el ojo 
derecho de Dios, hasta la escena del Apocalipsis 
codificada por los números del dado. Y también 
llegaba hasta ese punto la línea que unía las dos 
ranas, una sobre el hombre vestido de rojo, la otra
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