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construir otras figuras, portadoras de nuevos significados y simbologías. Y puesto que, en su forma primigenia y evidente, los personajes y elementos .el cuerpo de los símbolos. no chocaba visualmente con la realidad de su entorno, no llamaban la atención como símbolos ni al más avezado de los observadores, escapándosele así el espíritu del símbolo, espíritu que había de unirse al cuerpo para completar el ser y dotar de plena significación a la obra. ¿Qué valor tienen, en un contexto como este, perfectamente generalizable a cualquier obra de cualquier artista, los juiciosos argumentos que emiten los críticos e historiadores de arte acerca de una obra? ¿Qué sentido tienen los catálogos explicativos que sobre las obras del Bosco redactan los museos? ¿Están las opiniones de los doctos por encima de los circunstanciales comentarios del neófito? ¿Se nutre el neófito de las opiniones del docto, y con ello justifica el salario del docto; o es el neófito quien alimenta al docto y, por tanto, debiera cobrar tal salario? Cinco siglos habían pasado desde que se pintó El jardín de las delicias. Tres cuartos de lo mismo había pasado con el Guernica. ¿Qué frutos produjo la crítica de arte en todo este tiempo, respecto de estas dos obras? ¿Qué sentido tenía entonces la crítica de arte? El artista y el crítico parecían representar los papeles que en religión asumían Dios y el religioso. El religioso, como el

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crítico, no crea, sino que se limita a interpretar la Creación, ansiando comulgar con la gracia del Creador. Y bien cierto es que el crítico, por naturaleza, se equivoca al interpretar la creación del artista, si bien su error es minúsculo en comparación al error que comete el religioso, en su deseo de interpretar la creación de Dios; porque una obra de arte es, al fin y al cabo, un simple objeto limitado en el espacio y en el tiempo, para nada comparable con la inmensidad y complejidad del universo en el que existe. Aun así, no se le puede reprochar ni al crítico ni al religioso su amor a la verdad, su afán por acercarse a ella, aun siendo inalcanzable. Pero sí que se les puede reprochar el desmedido amor a su verdad, es decir, a la defensa y ensaltación desmedida de su verdad, aun en contra de la verdad, algo que, si bien en el mundo del arte no tiene mayores consecuencias, sí que las tiene .y muy graves. en el religioso. El mundo real está lleno de problemas, necesitado de inteligencia que ayude a resolverlos. Lástima que aún existan profesiones que echen a perder tanto talento y dinero público. Y no puedo excluir de esa cesta mis huevos, que tampoco es que pudieran ponerse como ejemplo de productividad. Son cosas que pasan, sobre todo cuando quienes opinan de arte no pintan nada en esta vida.

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